Tener Coraje y Audacia Profética - Preguntas de los jesuitas al Papa Francisco.

Diálogo del Papa Francisco con los jesuitas reunidos en la Congregación General XXXVI

El 24 de octubre de 2016 el Papa Francisco tuvo un encuentro con los jesuitas reunidos en su Congregación General 36. Algunos minutos antes de las 9 am llegó a bordo de un sencillo coche. Después de saludar al Padre General y a los otros que estaban esperándolo, se dirigió al Aula de la Congregación, en la que fue recibido con un largo aplauso. Allí tuvo un discurso. Tras una pausa, se abrió un espacio de diálogo franco y cordial con los delegados, que le hicieron diversas preguntas espontáneas. El Papa no quiso que fueran seleccionadas antes ni tampoco quiso conocerlas primero. Dio vida así a un encuentro muy familiar que duró cerca de una hora y media. Al final, Francisco quiso saludar uno por uno a todos los presentes. A continuación reproducimos las preguntas y respuestas. En el aula, por practicidad, las pre- guntas se hicieron en grupos de tres. El texto que sigue reproduce las respuestas del Pontífice en su integridad y, para comodidad de la lectura, separa las preguntas, que han sido reprodu- cidas de manera esencial.
El texto mantiene el tono y el significado de la conversación oral.

Santo Padre, Usted es un ejemplo viviente de audacia profética. Cómo hace para comunicarla con tanta eficacia? ¿Cómo podemos hacerlo también nosotros?

El coraje no es solamente hacer ruido, sino saber hacerlo bien. Hace falta saber cuándo hay que hacerlo y cómo hay que hacerlo. Y también antes que nada se debe discernir si se debe hacer ruido o no. El coraje es constitutivo de toda acción apostólica. Y hoy hace falta más que nunca tener coraje y audacia profética. Es necesaria una parresía aggiornada, la audacia pro- fética de no tener miedo1. Es notable que esta haya sido la primera cosa que dijo san Juan Pablo II cuando fue elegido papa: “No tengan miedo”. Recordó todos los problemas de los países del este y la audacia le llevó a enfrentarlos todos.

¿Cuál es la audacia profética que se nos pide hoy?

Sobre esto hay que hacer un discer- nimiento y preguntarse dónde se debe encauzar esa audacia profética. Es una actitud que nace del magis2. Y el magis es parresía. El magis se funda sobre el Dios siempre Mayor. Y entonces, mirando a ese Dios siempre Mayor, el discernimiento se profundiza y busca los lugares donde encauzar la audacia. Creo que este es el trabajo de Uds. en esta Congregación: discernir “dónde” tiene que encauzarse el magis, la audacia profética, la parresía.

A veces, la audacia profética se une con la diplomacia, con un trabajo de convenci- miento y al mismo tiempo con signos fuertes. Por ejemplo, la audacia profética está llamada a combatir una corrupción muy difundida en algunos países, como es la de buscar la reforma de la Constitución para permanecer en el poder, cuando terminan los períodos constitucionales de un mandato. Creo que la Compañía, en su trabajo de enseñanza y de sensibilización social, tiene que hacer un buen trabajo de audacia para convencer a todos de que un País no pude crecer si no se respetan los fundamentos legales que el País mismo se ha dato para la propia gobernabilidad futura.

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Fotografía:Flickr. GC36 Communications. Licencia Creative Commons.

Santo Padre, el modo en el que los colonizadores trataron a los pueblos indígenas ha sido un problema serio. La apropiación de la tierra por parte de los colonizadores ha sido un hecho grave cuyas repercusiones se sienten hoy. ¿Qué piensa al respecto?

En primer lugar, es necesario decir que hoy tenemos más conciencia de lo que significa la riqueza de los pueblos indígenas, justo en la época en que, tanto política como culturalmente, se los quiere anular siempre más, a través de la globalización concebida como una “esfera”, una globalización donde todo se uniformiza. Entonces hoy, nuestra profecía, nuestra concien- cia, tiene que ir por el lado de la inculturación. Y nuestra figura de globalización no tiene que ser la esfera, sino el poliedro. Me gusta la figura geométrica del poliedro porque es una, pero tiene caras diferentes. Expresa cómo la unidad se hace conservando las identidades de los pue- blos, de las personas, de las culturas. Esa es la riqueza que hoy tendríamos que dar al proceso de globalización, porque si no es uniformante y destructivo.

En el proceso de globalización uniformante y destructor entra la destrucción de las cul- turas indígenas, que son en cambio lo que hay que recuperar. Y hay que recuperarlas con la hermenéutica correcta, que nos facilita esta tarea. Una hermenéutica que no es la misma que había en la época de la colonia. La hermenéutica de aquella época era la de buscar la conversión de los pueblos, la de ensanchar la Iglesia..., y por lo tanto se anulaban las independencias indígenas. Era una hermenéutica de tipo centralista, donde el imperio que dominaba era el que de alguna manera imponía su fe y su cultura.

Es comprensible que se pensara así en aquella época, pero hoy es necesaria una hermenéutica radicalmente diferente. Tenemos que interpretar las cosas de otra manera: valorando a cada pueblo, su cultura, su lengua. Nos tiene que ayudar este proceso de inculturación, que fue cobrando cada vez mayor importancia a partir del Vati- cano II.

De todos modos, quiero hacer referencia a conatos de inculturación que hubo en los primeros tiempos de las misiones. Tentativas que nacen de una experiencia como la de Pablo con los “gentiles”. El Espíritu Santo le inculcó muy claro cómo había que inculturar el Evan- gelio en los pueblos gentiles. La misma cosa se repite en la época de la expansión misionera. Pensemos, por ejemplo, en la experiencia de Mateo Ricci y de Roberto de Nobili 3. Fueron pioneros, pero una concepción hegemónica del centralismo romano frenó esa experiencia, la detuvo. Impidió un diálogo en el que las culturas se respetaran. Y esto ocurrió porque se inter- pretaban con una hermenéutica religiosa lo que eran costumbres sociales. El respeto a los muer- tos, por ejemplo, se confundía con una idolatría. Aquí, las hermenéuticas juegan un papel cen- tral. En este momento creo que es importante, con esta mayor conciencia que tenemos respecto de los pueblos indígenas, apoyar la expresión, la cultura de cada uno de ellos... y la misma evangelización, que toca también a la liturgia y llega hasta las expresiones de culto. Y la Con- gregación para el culto divino acepta esto.

Termino con un recuerdo que toca a la moral. Cuando era estudiante de teología se me encargó ser bibliotecario. Revisando un texto mexicano de 1700 más o menos, sobre moral, hecho con preguntas y respuestas, encontré que una de las preguntas era: “Si es pecado mortal la unión sexual entre el español y la indígena”. Y la respuesta del moralista me hizo reir: “La materia es grave, por lo tanto es pecado grave según la materia, pero dado que la consecuencia de esto traería un cristiano más para agrandar el reino de Dios, no es tan grave como si fuera en Europa”.

En su discurso nos ha propuesto claramente una moral que se funda en el discernimiento. ¿Cómo nos sugiere avanzar en el campo moral en torno a esta dinámica de discernimiento de las situaciones morales? Me parece que no es posible detenerse en una interpretación de apli- cación subsuntiva de la norma que se limita a ver las situaciones particulares como casos de la norma general.

El discernimiento es el elemento clave: la capacidad de discernimiento. Y estoy notando precisamente la carencia de discernimiento en la formación de los sacerdotes. Corremos el riesgo de habituarnos al “blanco o negro” y a lo que es legal. Estamos bastante cerrados, en general, al discernimiento. Una cosa es clara: hoy en una cierta cantidad de seminarios ha vuelto a reinstaurarse una rigidez que no es cercana a un discernimiento de las situaciones. Y eso es peligroso, porque nos puede llevar a una concepción de la moral que tiene un sentido casuístico. Con diferentes formulaciones, se estaría siempre en esa misma línea. Yo le tengo mucho miedo a esto.

Eso ya lo dije en una reunión con los jesuitas de Cracovia, durante la Jornada Mundial de la Juventud. Allí los jesuitas me preguntaron qué creía que podía hacer la Compañía y res- pondí que una tarea importante de la Compañía era la de formar a los seminaristas y sacerdotes en el discernimiento.

Nuestra generación, quizás los más jóvenes no, pero mi generación y alguna de las sucesivas también, fuimos educados en una escolástica decadente.

Estudiábamos con un ma- nual la teología y también la filosofía. Era una escolástica decadente. Para explicar el “continuo metafísico”, por ejemplo, -me causa risa cada vez que me acuerdo-, nos enseñaban la teoría de los “puncta inflata4”. Cuando la gran Escolástica empezó a perder vuelo, sobrevino esa esco- lástica decadente con la cual han estudiado al menos mi generación y otras.

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Fotografía:Flickr. GC36 Communications. Licencia Creative Commons.

Ha sido esa escolástica decadente la que provocó la actitud casuística. Y, es curioso: la materia “sacramento de la penitencia”, en la facultad de teología, en general -no en todos lados- la daban profesores de moral sacramental. Todo el ámbito moral se restringía al “se puede”, “no se puede”, “hasta aquí sí y hasta aquí no”. En un examen de “audiendas”, un compañero mío, a quien le hicieron una pregunta muy intrincada, con mucha sencillez dijo: “Pero Padre, por favor, eso no se da en la realidad! Y el examinador respondió: “Pero está en los libros”.

Era una moral muy extraña al discernimiento. En aquella época estaba el “cuco”, el fantasma de la moral de la situación... Creo que Bernard Häring5 fue el primero que empezó a buscar un nuevo camino para hacer reflorecer la teología moral. Obviamente en nuestros días la teología moral ha hecho muchos progresos en sus reflexiones y en su madurez; ya no es más una “casuística”.

En el campo moral hay que avanzar sin caer en el situacionalismo; pero por otro lado hay que hacer surgir la gran riqueza contenida en la dimensión del discernimiento; lo cual es propio de la gran escolástica. Cuando uno lee a Tomás o a san Buenaventura, se da cuenta de que ellos afirman que el principio general vale para todos, pero - lo dicen explícitamente-, a medida que se baja a los particulares la cuestión se diversifica y se dan muchos matices sin que por eso cambie el principio. Ese método escolástico tiene su validez. Es el método moral que usó el “Catecismo de la Iglesia Católica”. Y es el método que se utilizó en la última exhortación apostólica Amoris Laetitia, después del discernimiento hecho por toda la Iglesia a través de los dos Sínodos. La moral usada en Amoris Laetitia es tomista, pero del gran santo Tomás, no del autor de los “puncta inflata”.

Es evidente que en el campo moral hay que proceder con rigor científico, y con amor a la Iglesia y discernimiento. Hay ciertos puntos de la moral sobre los cuales solo en la oración se puede tener la luz suficiente para poder seguir reflexionando teológicamente. Y en esto, me permito repetirlo, y lo digo para toda la teología, se debe hacer “teología de rodillas”. No se puede hacer teología sin oración. Esto es un punto clave. Y se tiene que hacer así.

En torno a la Compañía hay muchas leyendas: positivas, de los que nos quieren bien, y una leyenda un poco negra por parte de quien no nos quiere. A Ud. Que nos quiere y nos conoce bien quiero preguntarle: ¿a qué cosas tendríamos que prestarle atención?

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Fotografía:Flickr. GC36 Communications. Licencia Creative Commons.

Para mí es un poco difícil responder, porque es necesario ver de dónde vienen las críti- cas. Es un poco difícil porque, en mi situación y en el ambiente en que me muevo, las críticas a la Compañía tienen prevalentemente un sabor de tipo restauracionista. O sea: son críticas que sueñan una restauración, la de una Compañía que quizás ilusionó en un tiempo, porque ese era su tiempo, pero que ya no ilusiona porque no es este el tiempo de Dios para la Compañía.

Creo que este tipo de argumentación es el que está detrás. Pero la Compañía en este punto a lo que tiene que serle fiel es a lo que el Espíritu le dice.

Las críticas también dependen de quién las hace. Yo creo que a veces, hasta el más malintencionado, puede hacer una crítica que me ayude. Creo que hay que escucharlas todas y discernirlas. Y no cerrar la puerta a ninguna crítica, porque corremos el riesgo de habituarnos a cerrar puertas. Y eso no es bueno. Después de un discernimiento se puede decir: esta crítica no tiene ningún fundamento y descartarla. Pero tenemos que someter todo lo que vamos oyendo de críticas a un discernimiento, yo diría, cotidiano, casero, pero siempre con buena voluntad, con apertura de corazón y delante del Señor.

Vivimos en un mundo caracterizado por las polarizaciones políticas y religiosas. Ud. de hecho ha vivido experiencias de signo diverso en su vida, como provincial y arzobispo de Buenos Aires. A partir de su experiencia, ¿qué nos sugiere para afrontar estas situaciones de polari- zación, especialmente cuando en ellas están involucrados hermanos nuestros?

Creo que la política en general, la gran política, se ha degradado cada vez más en la pequeña política. No solo en la política partidista dentro de cada país, sino en las políticas sectoriales dentro de un mismo continente. A este tema específico quise responder -porque se me pidió- con los tres discursos sobre Europa, los dos de Estrasburgo y el del Premio “Carlo- magno”. Los Obispos franceses acaban de sacar una comunicación sobre la política que retoma o sigue una de hace unos quince o veinte años atrás, “Réhabiliter la politique” que era muy importante. Aquella declaración hizo época: dio fuerza a la política, a la política como trabajo artesanal para construir la unidad de los pueblos y la unidad de un pueblo en todas las diversi- dades que hay dentro de ellos. En general, la opinión que escucho es que los políticos están de capa caída. Faltan esos grandes políticos que eran capaces de jugarse en serio por sus ideales y no le tenían miedo al diálogo ni a la pelea, sino que iban adelante, con inteligencia y con el carisma propio de la política. La política es una de las formas más altas de la caridad. La gran política. Y en eso creo que las polarizaciones no ayudan. Por el contrario, lo que ayuda en la política es el diálogo.

¿Cuál es su experiencia con los hermanos en la Compañía, en cuanto a su rol y a cómo se pueden atraer vocaciones de hermanos a la Compañía?

Mi experiencia con los hermanos ha sido siempre muy positiva. Los hermanos con que me tocó convivir, en mi tiempo de estudiante, eran hombre de mucha sabiduría. Tenían una sabiduría distinta a la de los escolares o de la de los sacerdotes. Incluso ahora, hermanos con muchos estudios y que tienen puestos de dirigencia en las instituciones, tienen un “no sé qué” de distinto a los sacerdotes. Y creo que esto hay que conservarlo. Esa sabiduría, ese algo sa- piencial que da el ser hermano.

Es más, a mí me impresionaba en los hermanos mayores que conocí, el olfato que te- nían, cuando decían, por ejemplo: “Mírelo mucho a aquel padre, me parece que necesita espe- cial ayuda...”. Los hermanos que conocí a menudo tenían una discreción muy grande. Y ayu- daban! El hermano se daba cuenta antes que otros compañeros de comunidad de lo que pasaba. No sé cómo expresarlo, creo que hay aquí una gracia específica y hay que buscar cuál es la voluntad de Dios sobre el hermano en este momento y también hay que buscar cómo expresar esto.

Me gustaría oírle decir cuándo se cumplirá la profecía de Isaías: “De sus espadas se cons- truirán arados...”. En mi continente, África, tenemos ya medios suficientes para matar diez veces a cada uno de nosotros.

Trabajar por la paz es urgente. Dije, hace más de un año y medio, que estamos en la tercera guerra mundial, a pedacitos. Ahora los pedacitos se están juntando cada vez más. Esta- mos en guerra. No hay que ser ingenuos. El mundo está en guerra y las consecuencias las pagan algunos países. Pensemos en Medio Oriente, en África: allí se da una situación de continuas guerras.

Guerras que se derivan de toda una historia de colonización y explotación. Es cierto que hay países que tienen su independencia, pero muchas veces el país que les dio la indepen- dencia se reservó el subsuelo para sí. África sigue siendo un objetivo de la explotación por las riquezas que tiene. Incluso por parte de países que antes ni pensaban en este continente. A África siempre se la mira desde la óptica de la explotación. Y claramente esto provoca guerras.

Además, en algunos países se agrega el problema de la ideologización, que provoca fracturas mayores. Creo que trabajar por la paz en esta coyuntura, además de ser una de las bienaventuranzas, es prioritario. Cuándo llegará la paz... No sé si llegará antes de la venida del Hijo del Hombre, pero sí sé, en cambio, que tenemos que trabajar por la paz lo más posible, ya sea través de la política, a través de la convivencia y de tantas otras formas. Se puede. Se puede. Con las actitudes cristianas que el Señor nos marca en el Evangelio, se puede hacer mucho, y se hace mucho y se va adelante. A veces esto se paga a precios muy caros en la propia vida. Pero se va delante de todas maneras. El martirio forma parte de nuestra vocación.

¿Nos podemos salvar solo? ¿Qué relación hay entre salvación comunitaria y salvación personal?

Nadie se salva solo. Creo que este principio hay que mantenerlo muy claro: la salvación es para el pueblo de Dios. Nadie se salva solo. El que pretende salvarse solo, a través de un camino propio de cumplimiento, termina en ese adjetivo que Jesús usa tantas veces: hipócrita. Termina en la hipocresía. Salvarse solo, pretender salvarse solo, en el sentido elitista de la palabra, es una hipocresía. El Señor vino a salvar a todos.

¿Está bien estudiar teología en un contexto de vida real?

Mi consejo es que todo lo que los jóvenes estudian y experimentan en su contacto con diversos contextos, sea sometido también a un discernimiento personal y comunitario y sea llevado a la oración. Debe haber estudio académico, contacto con realidades, no solo periféricas sino limítrofes en la periferia, oración y discernimiento personal y comunitario. Si una comu- nidad de estudiantes se hace todo esto, yo me quedo tranquilo. Cuando falta alguna de esas cosas, me empiezo a preocupar. Si falta estudio, entonces se pueden decir tonterías o idealizar a veces situaciones de modo simplista. Si falta contexto real y objetivo, acompañado por quien conoce el ambiente, se pueden dar idealismos tontos. Si falta oración y discernimiento, eviden- temente podemos ser muy buenos sociólogos o politólogos, pero no tendremos la audacia evan- gélica y la cruz evangélica que debemos llevar, como dije al principio.

La Compañía, después de la CG 35, ha recorrido un camino en la comprensión de los retos medioambientales. Hemos recibido con alegría “Laudato si”. Sentimos que el Papa nos ha abierto puertas para el diálogo con instituciones. ¿Qué más podemos seguir haciendo para seguir sintiéndonos implicados en este tema?

Laudato si es una encíclica en la que han trabajado muchos, y a los científicos que trabajaron se les pidió que dijeran las cosas bien fundadas y no simples hipótesis. Mucha gente trabajó en la encíclica; mi trabajo, en efecto, fue el de dar las orientaciones, dar alguna que otra corrección y después elaborar la redacción final, esto sí, con mi estilo y retomando algunas cosas. Y creo que hay que seguir trabajando, a través de movimientos, académicamente y también política- mente. De hecho, es evidente que el mundo está sufriendo, no solo por el recalentamiento sino por el mal uso de las cosas y porque la naturaleza es maltratada.

Hay que tener en cuenta también, en la interpretación de Laudato si, que no es una “encíclica verde”. Es una encíclica social. Parte de la realidad de este momento, que es ecoló- gica, pero es una encíclica social. Es evidente que los que sufren las consecuencias son los más pobres, los que son descartados. Es una encíclica que confronta esta cultura del descarte de las personas. Es necesario trabajar mucho la parte social de la encíclica, porque los teólogos que trabajaron en ella se preocuparon mucho en ver cuánta repercusión social tienen los hechos ecológicos. Ayuda mucho que se la vea como una encíclica social.

¿Desea el Papa Francisco una Compañía pobre para los pobres? ¿Qué consejo nos da para caminar en esa dirección?

Creo que en este punto de la pobreza San Ignacio nos ha superado en grande. Cuando uno lee cómo concebía la pobreza, ese voto que hace emitir de no cambiar la pobreza a no ser para estrecharla más..., tenemos que reflexionar. Lo de San Ignacio no es solamente una acti- tud ascética, como sería la de pellizcarme para que me duela más, sino que es un amor a la pobreza como estilo de vida, como camino de salvación, camino eclesial, Porque para él, y estas son dos palabras claves que usa, la pobreza es madre y muro. La pobreza engendra, es madre, engendra vida espiritual, vida de santidad, vida apostólica. Y es muro, defiende. Cuán- tos desastres eclesiales empezaron por falta de pobreza, incluso fuera de la Compañía, me re- fiero a toda la Iglesia en general. Cuántos escándalos de los que lamentablemente me tengo que enterar, por el lugar en que me encuentro, nacen del dinero. Creo que San Ignacio tuvo una intuición muy grande. En la visión ignaciana de la pobreza tenemos una fuente de inspiración para ayudarnos.

El clericalismo, que es uno de los males más serios que tiene la Iglesia, se aparta de la pobreza. El clericalismo es rico. Y si no es rico en dinero, es rico en soberbia. Pero es rico: hay en él un apego a la posesión. No se deja engendrar por la madre pobreza, no se deja custodiar por el muro pobreza. El clericalismo es una de las formas de riqueza más graves que se sufre hoy día en la Iglesia. Al menos en algunos lugares de la Iglesia. Hasta en las experiencias más cotidianas. Una Iglesia pobre para los pobres es la del Evangelio, la del sermón de la montaña del Evangelio de Mateo y la del sermón de la llanura del Evangelio de Lucas, como también del “protocolo” según el cual seremos juzgados: Mateo 25. Creo que sobre esto el Evangelio es muy claro y es necesario caminar en esta dirección. Pero yo insistiría también sobre el hecho de que sería lindo que la Compañía pudiera ayudar a profundizar la visión de Ignacio sobre la pobreza, porque yo creo que es una visión para toda la Iglesia. Algo que nos puede ayudar a todos.

Ud. habló muy bien de la importancia que tiene la consolación. Al reflexionar al final de cada día, ¿qué cosas le dan consuelo, y qué cosas le quitan el consuelo?

Estoy hablando en familia, así que puedo decirlo: yo más bien soy pesimista, ¡siempre! No digo que sea depresivo, porque no es verdad. Pero sí que siempre tiendo a mirar la parte que no funcionó. Así que para mí la consolación es el mejor antidepresivo que he encontrado. La encuentro cuando me pongo delante del Señor, y dejo que El manifieste lo que ha hecho durante el día. Cuando al final del día me percato de que soy conducido, cuando me percato que pese a mis resistencias, hubo una conducción ahí, como una ola que me llevó adelante: eso me consuela. Es como sentir: “Él está aquí”. Con respecto a mi pontificado me consuela sentir interiormente: “Está bien. No fue una convergencia de votos los que me metieron en esta baile sino que está Él metido allí”. Esto me consuela mucho. Y cuando noto las veces en que han ganado mis resistencias, eso me pone mal y me lleva a pedir perdón. Es bastante frecuente esto... Y me hace bien. Darse cuenta de que, como dice San Ignacio, uno es “todo impedi- mento”, reconocer que uno tiene sus resistencias y que todos los días las ejercita y que a veces las vence y a veces no. Esta experiencia a uno lo mantiene en su lugar, quietito. Esto ayuda. Esta es mi experiencia personal, en los términos más simples posibles.

La exhortación “Evangelii gaudium” es muy inspiradora y nos anima a conversar más sobre el tema de la evangelización. ¿Qué quiere decir con las últimas palabras, en las que exhorta a continuar el debate?

Uno de los peligros de los escritos del Papa es que crean un poco de entusiasmo pero después llegan otros y los precedentes se archivan. Por eso pienso que es importante ese seguir trabajando, esa indicación final en que se auspicia que se hagan reuniones y se profundice el mensaje de Evangelii Gaudium: porque en ella se encuentra todo un modo de encarar diversos problemas eclesiales y la evangelización misma de la vida cristiana. Creo que te refieres a una exhortación que está al final y que proviene del documento de Aparecida. En ese pasaje hemos querido recurrir a Evangelii Nuntiandi, que sigue teniendo la más fresca actualidad, la misma que tenía cuando salió, y que para mí sigue siendo el documento pastoral más importante es- crito después del Vaticano II. Sin embargo, no se la menciona, no se cita. Y bien, puede ocurrir lo mismo con Evangelii Gaudium. Hace unos días leía que haría falta retomar de Evangelii Gaudium el punto sobre la homilía, porque pasó en silencio. Allí se encuentra algo que la Iglesia tiene que corregir en su predicación y que, además, la despoja de un aspecto clericalista. Creo que la Evangelii Gaudium tiene que ser profundizada, debe ser trabajada en grupos de laicos, de sacerdotes, en los seminarios, porque es el aire evangelizador que la Iglesia quiere tener hoy. En eso hay que seguir adelante. No es algo terminado, como si dijéramos “pasó, ahora viene Laudato Sí. Y luego, pasó, ahora está Amoris Laetitia...”. De ninguna manera. Les recomiendo Evangelii Gaudium que es un marco. No es original, en esto quiero ser muy claro. Pone juntas Evangelii Nuntiandi y el documento de Aparecida. Si bien vino después del Sínodo sobre la Evangelización, la fuerza de Evangelii Gaudium fue retomar esos dos documentos y refrescarlos para volverlos a ofrecer en un plato nuevo. Evangelii Gaudium es el marco apos- tólico de la Iglesia de hoy.

La Iglesia experimenta una caída de vocaciones, sobre todo en lugares en los que se ha sido reticentes en promover las vocaciones locales

A mí me ha pasado en Buenos Aires, como Obispo, que curas muy buenos, más de una vez, charlando decían: “En la parroquia tengo un laico que ‘vale oro’. Y me lo pintaban como un laico de primera. Y luego me decían: “¿Qué le parece si lo hacemos diácono”? Este es el problema: al laico que vale, lo hacemos diácono. Lo clericalizamos. En una carta que reciente- mente envié al cardenal Ouellet, escribía que en América Latina, la única cosa que más o menos se salvó del clericalismo es la piedad popular. Porque, como la piedad popular es una de esas cosas “de la gente” en la que los curas no creían, los laicos fueron creativos. Quizás haya sido necesario corregir algunas cosas, pero la piedad popular se salvó porque los curas no se metie- ron. El clericalismo no deja crecer, no deja crecer la fuerza del bautismo. La gracia y la fuerza evangelizadora de la expresión misionera la tiene la gracia del Bautismo. Y el clericalismo disciplina mal esta gracia y da lugar a dependencias, que tienen a veces a pueblos enteros en un estado de inmadurez muy grande. Me acuerdo de las peleas que hubo cuando, siendo yo estudiante de teología o cura joven, aparecieron las comunidades eclesiales de base. ¿Por qué? Porque allí los laicos empezaron a tener un protagonismo un poco fuerte y los primeros que se sentían inseguros eran algunos curas. Estoy generalizando demasiado, pero lo hago a propósito: si caricaturizo el problema es porque el problema del clericalismo es muy serio.

Con respecto a las vocaciones locales digo que la disminución vocacional se tratará en el próximo Sínodo. Creo que las vocaciones existen, simplemente hay que saber cómo se las propone y cómo se las atiende. Si el cura siempre está apurado, si está metido en mil cosas administrativas, si no nos convencemos de que la dirección espiritual es un carisma no clerical sino laical (que también puede desarrollar el cura), y si no metemos y convocamos a los laicos en el discernimiento vocacional, es evidente que no vamos a tener vocaciones.

Los jóvenes necesitan ser escuchados; y los jóvenes cansan. Vienen siempre con las mismas cosas y hay que escucharlos. Y claro, para eso hay que tener paciencia, estar sentados y escuchar. Y también creatividad: para ponerlos a trabajar en cosas. Hoy, las “reuniones” de siempre ya no tienen mucho sentido, no son fecundas. Hay que lanzar a los jóvenes a activida- des de tipo misionero, catequético, o de tipo social, eso hace mucho bien.

Una vez llegué a una parroquia de la periferia, en una Villa Miseria. El cura me había dicho que estaba construyendo un salón de encuentros. Y como este cura también daba clases en la universidad estatal, como ayudante de cátedra, había suscitado en chicos y chicas entu- siasmo y deseo de participar. Cuando yo les vi era un sábado y estaban trabajando de albañiles: el ingeniero que dirigía todo era judío, una de las chicas era atea y el otro no sé qué cosa, pero estaban unidos en un trabajo común. Eso va creando la pregunta: ¿Puedo hacer algo yo por los demás y con los demás? A los jóvenes hay que ponerlos a trabajar y escucharlos. Son las dos cosas que yo diría.

No promover vocaciones locales es un suicidio, es directamente esterilizar a una Iglesia, la Iglesia es madre. No promover las vocaciones es una ligadura de trompas eclesial. Es no dejar que esa madre tenga sus hijos. Y eso es grave.

La digitalización es el rasgo típico de esta época moderna. Crea velocidad, tensión, crisis. ¿Cuál es su impacto en la sociedad de hoy? ¿Cómo hacer para tener velocidad y profundidad?

Los holandeses, hace treinta años o más, inventaron una palabra: “rapidación”. Es decir, la progresión geométrica en términos de velocidad; y es esta “rapidación” la que transforma el mundo digital en una posible amenaza. No hablo aquí de sus aspectos positivos porque los conocemos todos. Destaco, también el problema de la liquidez, que puede anular lo concreto. Me contaba alguien hace un tiempo de un obispo europeo que fue a ver a un amigo empresario.

Este le mostró cómo en diez minutos hacía una operación que daba cierta ganancia. Desde los Ángeles vendió ganado a Hong Kong y en pocos minutos tuvo una ganancia que le fue inme- diatamente acreditada. La liquidez de la economía, la liquidez del trabajo: todos esto provoca desocupación. Y el mundo líquido. Se siente un reclamo, un grito de “volver”, aunque no me gusta la palabra porque es medio nostálgica. Volver es el título de un tango argentino! Existe el deseo de recuperar la dimensión concreta del trabajo. En Italia el 40% de los jóvenes de 25 años para abajo, están desocupados; en España el 50%; en Croacia el 47%. Es una señal de alarma que muestra esta liquidez que crea desocupación.

Agradezco las preguntas y la fluidez, y perdón si se me fue un poco la lengua. ***

El P. Arturo Sosa S. I., Prepósito General de la Compañía de Jesús, al final del diálogo saludó al Papa con estas palabras: “Santo Padre, al fin de estas dos sesiones, en nombre de todos los compañeros reunidos en la 36a Congregación General, quiero agradecerle de cora- zón su fraterna presencia entre nosotros y sus jugosos aportes... ¡gracias a Dios porque se le fue la lengua! Gracias por su aporte a nuestro discernimiento.

Agradecemos habernos confirmado la invitación a vivir a fondo nuestro carisma, ca- minando junto a la Iglesia y a tantos hombres y mujeres de buena voluntad, movidos por la compasión, empeñados en consolar reconciliando, sensibles a discernir los signos de los tiem- pos.

Caminar sin ceder a la tentación de quedarnos en alguno de los muchos recodos boni- tos que encontramos por el camino. Caminar movidos por la libertad de los hijos de Dios que nos hace disponibles a ser enviados a cualquier parte, al encuentro de la humanidad sufriente, siguiendo la dinámica de la encarnación del Señor Jesús, aliviando a tantos hermanos y her- manas, como Él, puestos en cruz.

Caminaremos juntos, según el modo nuestro de proceder, sin disolver las tensiones entre fe y justicia, diálogo y reconciliación, contemplación y acción... Camino que nos lleva al encuentro profundo con la riqueza humana expresada en la variedad cultural. Seguiremos nuestros es- fuerzos de inculturación para poder anunciar mejor el evangelio y para que resplandezca el rostro intercultural de nuestro Padre común.

Seguiremos fielmente su consejo de unirnos a su oración incesante para recibir la con- solación que haga de cada jesuita, y de todos los hombres y mujeres que compartimos la misión de Cristo, servidores de la Alegre Noticia del Evangelio.

Con el corazón agradecido queremos ahora saludarlo personalmente.

Notas:

  1. Parresía es una palabra griega frecuente en el texto griego del Nuevo Testamento. Indica el coraje y la sinceri- dad del testimonio. Es una palabra muy usada en la tradición cristiana, sobre todo a los comienzos, incluso como contraria a la hipocresía.

  2. El magis (el más, lo más grande) en la tradición ignaciana viene de la célebre máxima “ad maiorem Dei glo- riam” (a la mayor gloria de Dios) y sintetiza un fuerte impulso espiritual. El obrar del jesuita se caracteriza por este magis, tensión viva que nos recuerda cómo siempre es posible dar un paso adelante respecto a donde hemos llegado, porque nuestro caminar está en consonancia con una manifestación siempre más explícita de la gloria de Dios. Con el discernimiento de espíritus aprendemos a reconocer el bien que habita en cada situación y a elegir lo que conduce al bien mayor
  3. Los jesuitas Mateo Ricci (1552-1610) y Roberto de Nobili (1577-1656) fueron verdaderos pioneros. Misione- ros en China y en India, respectivamente, buscaron adecuar el anuncio del Evangelio a la cultura y a los cultos locales. Pero esto causó preocupación en algunos y en la Iglesia se alzaron voces contrarias al espíritu de estos comportamientos, como si fueran una contaminación del mensaje cristiano.
  4. El Papa hace referencia a teorías y debates de los inicios del 1600 en los que estaban implicados también jesuitas como Rodrigo de Arriaga.

  5. Bernard Häring (1922-1998) religioso redentorista, fue un teólogo moralista alemán y uno de los fundadores de la “Academia Alfonsiana”. Su obra tuvo un influjo significativo en la preparación y en el desarrollo del Con- cilio Vaticano II.

(Original: italiano)

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