Que San Romero de América interceda por nosotros

Compartimos el relato de Virgilio Arias Salazar sobre la ceremonia de Canonización de Monseñor Romero, y otros santos, el pasado domingo en la Santa Sede. Fotografías del también jesuita colombiano Jorge Eduardo Serrano Ordoñez.

Gracias a una feliz coincidencia llegué a Roma dos días antes de la Canonización de Pablo VI, Monseñor Oscar Romero y otros cinco santos que la Iglesia ha querido resaltar como fieles seguidores del Señor. No había preparado nada para asistir a la celebración, sin embargo, se fueron dando las condiciones necesarias para participar en este acontecimiento con el que se alegra profundamente nuestra Iglesia Latinoamericana.

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Las boletas para ingresar a la Plaza de San Pedro habían sido solicitadas con muchos meses de anticipación. Por una gran suerte, un compañero jesuita, que vive en Roma, me regaló una boleta para ingresar a la Plaza y poder concelebrar. No pude negar mi alegría de ser testigo de este momento tan esperado por tantos latinoamericanos: la canonización de un hombre de nuestra tierra que se entregó enteramente para resucitar en su pueblo. La boleta decía que debíamos ingresar a las 8:30 a.m., presentarla a la entrada y llevar amito, alba, cíngulo y estola blanca, como lo señala la liturgia vaticana. Nos reunimos varios jesuitas latinoamericanos y al llegar nos encontramos con la Plaza de San Pedro, ya a esa hora, colmada de peregrinos venidos de muchos rincones, pero se sentía especialmente la presencia del pueblo latinoamericano. Muchas delegaciones del Salvador portaban camisetas, bufandas y gorras con el rostro de Romero adornadas con los colores azul y blanco, propios de su bandera nacional. Las columnatas de Bernini abrazaban calurosamente una vez más a una muchedumbre, a una Iglesia viva, que exultaba de alegría por sus nuevos santos.

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Una vez pasados los controles de seguridad nos ubicamos como concelebrantes en una zona reservada la cual estaba prácticamente llena, pues se habían repartido más 3000 invitaciones para sacerdotes. El grupo de jesuitas se debió dividir y cada quien debió encontrar un lugar para sentarse. Mientras tanto la Plaza continuaba llenándose de peregrinos y así mismo de sacerdotes. La mañana estaba soleada y la emoción del momento se contagiaba entre todos los asistentes. Abundaban los teléfonos móviles y las cámaras; las fotos grupales y las “selfies” no se hacían esperar. Se acercaba la hora señalada para dar inicio a la ceremonia y todos los sacerdotes nos empezamos a revestir con los ornamentos. En aquel momento se vio cómo toda aquella zona se cubría de color blanco, sin embargo, lo variopinto en los ornamentos también manifestó la gran diversidad de concelebrantes. Treinta minutos antes de la hora señalada, se nos invitó a rezar el Rosario, la multitud se recogió ante esta oración mariana recitada al unísono en latín. El Rosario, considerando los misterios gloriosos, sirvió de preparación para fiesta espiritual que se iría a celebrar.

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Llegada la hora indicada, se entonó el canto de entrada, que era el bello himno de Cántico de las Creaturas del libro de Daniel. Ante cada verso cantado por la schola, la gran asamblea respondía unánime con un gozoso y sentido ¡Aleluya!, mientras avanzaba la procesión de entrada. Una vez que el Santo Padre inició con la bendición, se continuó con el canto del Veni Creator Spiritus que invocaba la presencia del Espíritu Santo para aquel momento. Finalizada esta invocación se le hizo la petición al Papa para proceder con la canonización de los siete beatos. Seguidamente, el Prefecto leyó una breve reseña biográfica de cada uno de ellos, mientras que se enfocaba la imagen de su rostro estampada en grandes gobelinos que colgaban de la fachada de la Basílica y luego se mostraba la reliquia de cada santo preparada para su veneración. El relicario de Monseñor Romero lo formaba una casulla en cuyo centro se encontraba la reliquia. Una vez terminada la presentación se continuó con las letanías de los santos. Y llegó el momento en el que el Papa pronunció la fórmula de canonización y de inmediato toda esta gran asamblea se estremeció de alegría con un gran aplauso y se confirmó con el canto de júbilo y alegría del Gloria.

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Pasado estos ritos iniciales se continuó con el orden común de la Misa. La homilía del Papa Francisco a la luz del Evangelio de ese Domingo, se centró en la invitación a entregar nuestra vida por el amor y no por una serie de normas o leyes. Afirmó que Jesús nos propone para su seguimiento una historia de amor y así nos pide vaciar el corazón para amar y seguirle. El Papa nos invitó a vivir para amar libremente como lo hace el Señor. Respecto a Monseñor Romero afirmó que lo dejó todo para entregar su vida por los pobres y por el Evangelio.

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La ceremonia siguió su curso normal y después de la comunión, el Santo Padre saludó a todos los peregrinos presentes en la Plaza de San Pedro, rezó el Angelus y nos dio su bendición. La alegría y la emoción no se ocultaban en tantas delegaciones allí presentes, y tal gozo se intensificó cuando el Papa a bordo de su papamóvil recorrió la Plaza para acercarse a la gran multitud que rebosaba de júbilo con sus nuevos santos. Sin duda alguna la delegación del Salvador, a la que se le unieron muchas banderas latinoamericanas, transmitió la alegría de la fe con la que San Oscar Romero asumió su vida hasta entregarla cruentamente en el altar al igual que Jesús en la cruz.

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Haber vivido esta fiesta con la Iglesia Latinoamericana me interpeló vivamente de cómo el Evangelio puede llegar a transformar nuestras vidas cuando lo asumimos con profundidad como lo hizo Monseñor Romero. Aquella historia de amor a la que hacía referencia el Papa Francisco en la homilía, es la misma historia que quiso vivir San Oscar Romero y que se materializó en la entrega y defensa de los más pobres y vulnerados, resultado de la injusticia social. Que San Romero de América interceda por toda la Iglesia Latinoamericana y que nos permita liberar nuestros corazones para más amar y servir a nuestros pueblos.

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Virgilio Arias Salazar, S.J.

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