México y Perú: Experiencias de hospitalidad en el norte y el sur

”Ser hospitalario en el Siglo XXI”: Vivir lejos del lugar donde naciste por decisión propia o de manera forzada (porque quieres estudiar algo que no existe en tu comunidad o porque tu vida está en peligro), es una situación que viven o sufren millones de seres humanos alrededor del mundo. Hospitalidad, es buena acogida y recibimiento que se hace a los extranjeros o visitantes. Por Enrique González. ”¿Hospitalidad? en la Frontera Sur”: Una mirada, una pregunta, un rato de atención, una información adecuada, un espacio para hablar, una ayuda con el almuerzo o el hospedaje se convierten en actitudes de cambio profundo, una pequeña revolución en forma de ternura hacia la persona necesitada y vulnerable. Pedro de Castro Segalerva

Ser hospitalario en el Siglo XXI

Enrique González, ITESO.

”¿Y cómo no les voy a dejar una parte de mi casa si a mí me sobra? Se nos llena la boca diciendo ‘mi tierra, mi tierra’. ¿Cómo va a ser la tierra de nadie si aquí estamos de paseo y por tan poco tiempo?” Angelina Bolino, italiana de 74 años, quien en 2013 acogió en su departamento de Lampedusa a un grupo de inmigrantes sin documentos.

Entre el pasado 3 al 7 de noviembre, el ITESO fue sede esta semana del Encuentro de las Red Jesuita con Migrantes Centroamérica-Norteamérica y el coloquio ”Abriendo caminos para la hospitalidad con migrantes y refugiados”. ¿Cuáles son los retos de la sociedad ante el incremento de migrantes, desplazados y refugiados?

Vivir lejos del lugar donde naciste por decisión propia o de manera forzada (porque quieres estudiar algo que no existe en tu comunidad o porque tu vida está en peligro), es una situación que viven o sufren millones de seres humanos alrededor del mundo y que, en el caso de la opción forzada, está alcanzando cifras alarmantes.

Nunca, desde que terminó la Segunda Guerra Mundial, el planeta había tenido tantos desplazados y refugiados: 51 millones de personas a finales de 2013 habían dejado sus hogares debido a violencia generalizada, guerras y toda clase de conflictos, según un informe del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR, por sus siglas en inglés).

En América, se calcula que cada año 100 mil seres humanos abandonan Centroamérica para cruzar la frontera sur de México rumbo a Estados Unidos, huyendo de la miseria, del desempleo o de organizaciones criminales como la Mara Salvatrucha o de todo lo anterior combinado.

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Fotografía de Don Doll, SJ

¿Cómo los trata la gente que se topa con ellos en ciudades y pueblos de Guerrero, Oaxaca, Veracruz o Jalisco? ¿Cómo los trató antes el crimen organizado que los interceptó en el tren o en una terracería? ¿Cuántos son extorsionados, secuestrados, golpeados y asesinados, cuántas son violadas, cuántos niños realizan esta penosa travesía?

Los números se multiplican día con día, pero en el trayecto distintas organizaciones de la sociedad civil se plantan para hacerle cara al problema, para brindarles techo, algo de ropa y comida caliente, para preguntarles qué van a hacer en Estados Unidos y cómo era la vida allá en El Salvador, Honduras o Nicaragua, para hacerlos sentir bienvenidos, no unos delincuentes.

Hospitalidad, según la RAE: Buena acogida y recibimiento que se hace a los extranjeros o visitantes

A lo largo del continente, la Compañía de Jesús interviene o gestiona directamente algunas de esas organizaciones, varias de las cuales estuvieron en el ITESO. Por ejemplo, el Encuentro de las Red Jesuita con Migrantes Centroamérica-Norteamérica, titulado ”Abriendo caminos para la hospitalidad” (del 3 al 7 de noviembre).

En este encuentro coincidieron por ejemplo, Norma Romero, del grupo Las Patronas de Veracruz (mujeres y hombres que se acercan a las vías para darles algo de comida y agua a los exhaustos inmigrantes que van trepados en el tren y que en 2013 ganaron el Premio Nacional de Derechos Humanos) y el padre Pedro Pantoja, asesor y cofundador del albergue Casa Belén Posada del Migrante, en Saltillo, que durante 13 años ha atendido a miles de centroamericanos física y psicológicamente.

El encuentro vino acompañado por la Campaña por una Cultura de la Hospitalidad que se lanzó en enero de este año (campañaporlahospitalidad.com y facebook.com/porlahospitalidad), activa en 14 países. ”Su función es plantear un reto que nos impulse a trabajar con intensidad para contribuir a difundir una cultura de la hospitalidad en nuestro continente”, señala Sabina Barone, coordinadora de la campaña.

”Entiendo que el objetivo pueda sonar ambicioso… Las organizaciones y redes que patrocinan la campaña estamos conscientes de que no somos los únicos actores que intervienen en la sociedad, por lo cual entendemos que no vamos a ser los autores ‘exclusivos’ de una posible transformación social, pero sí queremos contribuir para que se dé”.

Centroamericanos rumbo a EEUU por México; haitianos hacia República Dominicana y otros países; los desplazamientos generados por el conflicto en Colombia y el flujo de sudamericanos hacia Chile, son los cuatro grandes flujos de movilidad humana en el continente, apunta Barone, situaciones críticas que presentan casos de abusos y violación a los derechos humanos.

”La discriminación y abusos hacia los migrantes hoy en día ocurren y se ‘justifican’ a través de las categorías de ‘indocumentado’, ‘ilegal o ‘clandestino’. Se ha generalizado una nueva imagen a través de la cual se des-personalizan a los individuos a los ojos de la opinión pública y se logran ‘normalizar’ las violaciones de sus derechos. Parafraseando a Hannah Arendt, parece que se ha generado un nuevo colectivo de personas que no tienen derecho a tener derechos, y eso es muy grave”, apunta Barone.

Las Patronas: largas jornadas brindando comida y concientización

Norma Romero habla por su celular mientras regresa por carretera de Jalapa a La Patrona, barrio del municipio de Amatlán de los Reyes, Veracruz, donde ella y un grupo de mujeres (y varios hombres) alimentan desde hace más de 15 años a los migrantes que pasan trepados en el tren. En 2013 Las Patronas obtuvieron el Premio Nacional de Derechos Humanos.

En Jalapa charló con un grupo de estudiantes de Derecho, ejercicio que viene realizando en distintos foros universitarios y civiles del país para crear conciencia entre la sociedad mexicana.

”Es ir abriendo paso para que la gente sea más solidaria, para que se dé la oportunidad de conocer a los migrantes y les puedan aportar ayuda. La semana pasada estudiantes de Papantla tuvieron la oportunidad de conocer a unos migrantes que se bajaron del tren y que su único deseo era continuar hacia Estados Unidos, no quedarse. Se dieron cuenta que la mayoría son jóvenes, como ellos”, relata Romero, quien señala que desde que el gobierno mexicano reforzó este año su frontera sur, ha bajado notoriamente el flujo de migrantes por su zona.

El trabajo es arduo, en eso coinciden plenamente Barone y Romero. Generar una cultura de hospitalidad entre los ciudadanos que contrarreste las acciones de los gobiernos es uno de los ejes de la campaña.

”[Hay] una respuesta cada vez más militar por parte del Estado y menos de atención social y legal, con grandes desequilibrios en las inversiones, lo cual me parece muy cuestionable a nivel político y ético”, refiere la coordinadora.
¿Un ejemplo? Para evitar que se suban con facilidad, el gobierno mexicano decidió a mediados de este año aumentar la velocidad de La Bestia, el tren de carga que miles de migrantes utilizan como transporte, haciéndolo aún más riesgoso para ellos.

”No nos engañemos: problemas tan profundos de desigualdad, pobreza, violencia e injusticia en nuestro mundo y en nuestro continente expulsan o inducen a salir a las personas con una fuerza e intensidad muy por encima de la capacidad de los Estados de bloquear esos flujos. Los muros, las vallas o los controles policiales solo hacen más peligroso y doloroso trasladarse, pero no paran los flujos, no resuelven ‘el problema’. Pero el problema no son las personas, sino las causas que las fuerzan a dejar sus países”.

¿Qué quiere la campaña?

  • Informar y formar sobre la realidad de las personas migrantes, refugiadas y desplazadas, sus derechos y el respeto a la diversidad cultural.
  • Sensibilizar, generando empatía y compromiso en favor de estas personas.
  • Invitar a actuar y movilizarse en lo local en ocasión de algunas fechas clave para manifestar solidaridad, practicar la hospitalidad e influenciar a la opinión pública.
  • Pedir mejoras y el cumplimiento de las políticas públicas que garantizan los derechos de las personas migrantes, refugiadas o desplazadas.

¿Hospitalidad? en la Frontera Sur

Pedro de Castro Segalerva
Servicio Jesuita a Migrantes - Tacna

Un día cualquiera, de una semana cualquiera, de un mes cualquiera:

09:00 a.m. – Felipe, un joven ecuatoriano de veinticinco años, llega a Tacna desde Lima. Su plan es llegar a Santiago de Chile, donde su primo le espera. Al bajar del bus, y entrar en la Terminal, decide acercarse a una tienda y preguntar cómo llegar a Arica.

Ni la mujer de la tienda ni otras tres personas con las que se cruza contestan a sus preguntas. Se siente perdido y no sabe muy bien qué es lo que tiene que hacer...

09:30 a.m. – Al alcanzar el lugar donde se toman los colectivos, Felipe descubre que algunos compatriotas suyos esperan en grupos. Aunque no ha hablado con otro ecuatoriano desde que salió de Guayaquil, decide no hacerlo porque les nota bastante enfadados. Felipe intenta por más de dos horas convencer a un chofer para que le lleve a Arica, pero todos se niegan. Al final convence al conductor de un bus que, por el quíntuple del precio normal, acepta llevarle hasta el otro lado de la frontera.

01:30 p.m. – Al bajar del autobús en la frontera con Chile, y antes de llegar a la ventanilla de atención, un funcionario de la Policía de Chile aparta a Felipe de la fila y, sin darle explicaciones ni atender a sus ruegos, le conduce hasta una estancia separada del control donde le quita su pasaporte. Nadie de la fila dice nada o reacciona ante la situación, pero Felipe alcanza a escuchar que uno le susurra a otro: ”Estos negros no deberían ni intentarlo”. Una hora después Felipe es obligado a subir a otro bus que le lleva de vuelta a Tacna.

03:00 p.m. – Felipe está de vuelta en Tacna. No conoce a nadie en la ciudad y no sabe qué hacer. Acude a una cabina de internet para intentar hablar con su primo pero no lo consigue, y opta por salir del terminal y encontrar un lugar donde pasar la noche. En su camino, algunas personas se le quedan mirando y otras deciden cambiarse de vereda. Se siente desesperado y completamente abrumado por la soledad y la preocupación.

07:00 p. m. – Ya es de noche y Felipe ha salido a dar un paseo e intentar cenar algo. Desde que regresó a Tacna nadie le ha dirigido la palabra. Al final se compra un sándwich y se lo empieza a comer en un banco de la Plaza de Armas. De repente, una chica se acerca y comienza a hablarle, le explica que es de Tacna pero pasó una temporada en Ecuador, por lo que ha pensado que tal vez él sea de allí. Le pregunta cómo le va y qué le ha traído a Tacna. Felipe le cuenta su historia, explica toda la rabia contenida por la situación de la frontera y la necesidad de tomar una decisión sobre cuál es el siguiente paso.

La chica no puede ayudarle, pero le escucha con atención, le expresa sus mejores deseos y le da su contacto por si necesitara algo concreto con lo que ella pudiera ayudarle.

Felipe, como muchos otros migrantes ecuatorianos, colombianos, bolivianos, venezolanos, dominicanos, haitianos,... descubre en Tacna un lugar difícil, extraño y, demasiadas veces, hostil. No hay espacio para la bienvenida, las explicaciones o la información. Sin esperarlo, las miles de personas que cada año inician su viaje hacia Chile descubren que la puerta está injusta e irremediablemente cerrada –los rechazos no están basados en la ley sino en la arbitrariedad, y no existe una solución–, y que la ciudad más al sur de Perú se convierte en la etapa final de su viaje.

Es necesario un esfuerzo para entender la realidad que afrontan estos migrantes.

Todos, haciendo un sacrificio económico enorme, consiguieron el dinero para llegar a su destino, donde hermanos, tíos, primos o viejos amigos podrían recibirles y ayudarles en los primeros pasos en la nueva tierra. Muchas veces ni siquiera viajan hasta Chile para quedarse, lo único que pretenden es visitar a familiares que llevan años sin ver y trabajar eventualmente en algo que les permita ahorrar un poco de dinero antes de regresar a casa.

A ninguno de ellos se les pasó por la cabeza que, en ese último control fronterizo antes de llegar, y después de haber pasado cuatro o cinco controles más a lo largo del viaje, la respuesta del funcionario de la frontera fuera tan simple y directa:

  • No, tú NO puedes pasar.
  • No, tú NO puedes continuar con tu viaje.
  • No, tú NO puedes llegar al destino con el que llevas meses soñando.
  • No, tú NO puedes reencontrarte con esas personas a las que quieres y has extrañado tanto.
  • No, tú NO puedes aspirar a una vida mejor.

Comparando la migración del continente Latinoamericano hacia Chile con los grandes fenómenos migratorios mundiales (los ya conocidos peligros de la frontera entre África y Europa, el largo camino para intentar alcanzar Estados Unidos, etc.), resulta fundamental reconocer el hecho diferenciador para entender y valorar la necesidad de una actitud basada en la Hospitalidad: ninguno de los migrantes que inician su viaje en Caracas o Cali, en Buenaventura o Guayaquil con destino a Chile, sabían que en algún momento éste se vería interrumpido. Ninguno estaba preparado para eso ni pudo prever las dificultades y los riesgos que ese hecho conllevaría en sus planes, en su bienestar, en sus derechos, e incluso en su integridad física y en su vida.

Muchas personas podrían preguntar: ”¿qué tiene esto que ver conmigo?”, ”¿de qué manera me afecta y por qué tendría que preocuparme?

Como Felipe, todas esas personas rechazadas en la frontera regresan a Tacna y al resto de Perú, y somos los peruanos los que, sin haberlo elegido, tenemos que decidir entre dos opciones: (a) continuar con nuestra vida sin darnos cuenta de la necesidad de las personas que, al menos por un tiempo, se convierten en nuestros vecinos; (b) dar un paso adelante para hacernos sensibles y ejercitar (como buenamente podamos: desde nuestra familia, grupo de amigos o trabajo, desde nuestras aficiones y habilidades) la virtud de la Hospitalidad.

Ese ”Deber de Hospitalidad” surge de la sencilla premisa de portarse con el otro (el visitante, el migrante, el extranjero) de la misma manera que nos gustaría que se portaran con nosotros mismos. No importan las razones que trajeron a esa persona a nuestra puerta; no importan las normas administrativas, el choque cultural o el miedo a lo desconocido que nos pueda surgir ante la posibilidad de encontrarnos con el otro.

Una mirada, una pregunta, un rato de atención, una información adecuada, un espacio para hablar, una ayuda con el almuerzo o el hospedaje se convierten en actitudes de cambio profundo, una pequeña revolución en forma de ternura hacia la persona necesitada y vulnerable.

A principios de este año, la Red Jesuita con Migrantes lanzó la ”Campaña por la Hospitalidad” con el objetivo de informar y sensibilizar sobre la situación de los migrantes y refugiados en el continente Latinoamericano, así como de hacer visibles los esfuerzos y compromisos de tanta gente comprometida con esta misión.

Se han dado iniciativas de todo tipo –”Abrazos Hospitalarios”, tertulias, marchas y mensajes…– pero sobre todo el esfuerzo bueno, sencillo y silencioso de tantas personas que hacen todo lo que está en sus manos para acoger y recibir a los migrantes y refugiados que están a sus puertas.

De la misma manera, el Servicio Jesuita a Migrantes Tacna se sumó a este reto, realizando talleres de sensibilización y la difusión de comunicados, siendo la actividad principal la denominada ”Mochilas Hospitalarias”.

Formadas a partir de las donaciones de los tacneños, las Mochilas son una pequeña ayuda a esas personas que, como Felipe, se quedan atascadas en Tacna sin poder conseguir su objetivo de pasar a Chile. Ellas son el símbolo de acogida que la ciudad tiene con los migrantes que llegan. Las Mochilas contienen algo de alimento, ropa de abrigo para la noche y útiles de aseo. También llevan una carta, un mensaje para que quien está en movilidad sienta el apoyo, la cercanía y la solidaridad de las personas que han querido colaborar con ellos.

Son símbolos sencillos: un saludo, una sonrisa, una conversación o una Mochila, pero son parte de un cambio fundamental que merece la pena intentarse. A través de la naturalidad de la acción hospitalaria, tanto el que llega de fuera como el que recibe al forastero, descubren un mundo nuevo en la historia del otro.

La experiencia de encuentro es transformadora y la Hospitalidad pasa, de ser un deber, a ser un disfrute profundo del encuentro con el prójimo. La experiencia de Felipe (y de miles que como él recorren el continente en busca de una vida mejor) es reveladora, y el hecho de encontrar una mano amiga define su viaje mucho más que cualquier puerta cerrada.

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Fuente:

Blog ITESO:
Revista Intercambio Nº 29 Lima, Diciembre 2014: Páginas 29 al 31

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