México y Brasil: la cuenta regresiva de las promesas

En los primeros 100 días de gobierno, la derecha representada por el presidente Jair Bolsonaro de Brasil y la izquierda representada por Andrés Manuel López Obrador de México, capotean problemas similares con ideologías diferentes y un común denominador: resultados deficientes. Reportaje de Jenny Sepúlveda Giraldo para CONNECTAS.

Sus gobiernos ya arrancaron, se acabaron los tiempos de campaña para jurar que harían cambios por el bien de su país. Ahora,  deben materializar sus promesas.

Desde que Jair Bolsonaro y Andrés Manuel López Obrador (Amlo) asumieron la posición como presidentes ambos tienen temas en común por resolver que van desde la corrupción, relaciones diplomáticas, medio ambiente y violencia interna.

En diferentes coordenadas y con diferentes causas, el problema creciente de migración es una de las dificultades por las que  atraviesan ambos países. Brasil con el éxodo venezolano y México con la migración de los países del triángulo norte hacia Estados Unidos.

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La crisis migratoria ha provocado que el presidente estadounidense, Donald Trump, anuncie que cerrará la frontera con México a causa, según él, del poco control de López Obrador.

Para combatir la migración, Amlo ha buscado que las personas prefieran quedarse en México y su estrategia ha sido llamada ‘Zona libre’, un proyecto que reduce los impuestos sobre las ventas, la renta, el precio del combustible y aumenta el salario mínimo en la frontera, buscando además, que empresas internacionales inviertan en compañías mexicanas.

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Por su parte, Bolsonaro expresa su desacuerdo con el pacto de migración de la ONU (del cual quiere retirarse), asegurando que no negará el ingreso a las personas que lleguen a Brasil huyendo de la crisis humanitaria y económica refiriéndose a Venezuela.

La migración que viven ambas potencias latinoamericanas, y que es considerada por la ONU como una de las crisis más grandes en la historia en países occidentales, deberá resolverse porque de no hacerse generaría peores condiciones de vulnerabilidad, problemas económicos como el desempleo y dificultades para atender a la comunidad migrante. Lo anterior, quedaría como un efecto dominó que terminará afectando con sus consecuencias a otros países de América Latina.

Composición de imágenes de Wikimedia Commons - archivo Jair Bolsonaro - Amlo

Como un juego de pin pón entre potencias latinoamericanas, empiezan las reacciones de los dos países frente a Estados Unidos, como si de un tema de simpatías se tratara y con varias cartas sin resolver.

Amlo, quien llega al poder con mensaje de combatir la corrupción y desempeñar su presidencia con honestidad, responde de un modo pacifista ante los tratos y anuncios de Trump, aclarando que su gobierno promueve la reconciliación y que no está a favor de la fuerza para evitar la migración pero, en cambio, está abierto a conocer las causas que la ocasionan.

Asegurando que frente a la crisis humanitaria, que vive Venezuela desde 2013, seguirá el mandato de la Constitución Política de México si Nicolás Maduro pide asilo político a su gobierno.

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En la otra cara de la moneda, está Bolsonaro que prometió acabar con la violencia, la corrupción endémica y la necesidad de erradicar décadas de gobiernos de izquierda por parte de los ciudadanos es elegido como presidente y su postura ya en varias ocasiones ha demostrado su alineación con las decisiones del gobierno de Estados Unidos.

Brasil en lugar de ser aliado de México, ha manifestado estar de acuerdo con la construcción de un muro que separe la frontera de México con Estados Unidos, abriendo una brecha política entre las economías de las potencias latinoamericanas.

Los mandatarios de Brasil y México tendrán que soportar o sacar partido de un jugador poco predecible como Trump. Sus gobiernos, aunque lo nieguen, depende de ese actor.

Más allá de lo netamente económico, hay un tema urgente aún sin resolver; se trata del medio ambiente, un espacio amenazado independientemente de posturas de derecha o la izquierda. La preocupación en Brasil es que Bolsonaro, representa a su vez el riesgo de que la deforestación se triplique en un territorio con al menos 600 reservas indígenas, cuyo espacio equivale al 13% de territorio nacional.

Desde las elecciones, el mandatario fue un adversario a los temas ambientales y ahora en el poder sus propuestas no cuentan con iniciativas de conservación ambiental; en cambio sí promueve la producción del agronegocio, los proyectos extractivos y detiene la señalización de los límites de tierras de los pueblos originarios.

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Paralelo a las idea de Bolsonaro, el presidente de México presentó lo que ha llamado la gran obra de su gobierno: El Tren Maya, un tren turístico cuyo principal objetivo es conectar los centros arqueológicos de la cultura Maya con cinco estados de México.

Su proyecto tardaría cuatro años en estar finalizado y sus costos varían entre 6.000 y 8.000 millones de dólares que será recurso público. Sin embargo, organizaciones civiles y comunidades indígenas cuestionan el megaproyecto por el impacto ambiental y la falta de transparencia.

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A la agenda de temas por resolver de estos dos países, se suma la corrupción, aún cuando Amlo es el mandatario con la mayor aprobación de su país sus decisiones han generado polémica.

La estrategia que implementó para combatir la corrupción lo ha llevado a crear la Comisión de la Verdad y la Guardia Nacional que estará a cargo de un militar y contradice lo que prometió en su campaña con el lema ‘Abrazos, no balazos’.

Mientras que ha eliminado algunos programas sociales que protegían a comunidades vulnerables y entregando directamente el recurso a través de dinero, ha implementando otros planes para proteger a estas comunidades bajo el nombre de ‘Programas integrales de bienestar’.

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Por otro lado, Jair Bolsonaro llegó al poder con la promesa de acabar con la violencia. Lo que decía que combatiría, la corrupción, ya tienen al presidente en el ojo del huracán por las acusaciones sobre corrupción que ocasionó el despido del General Otávio Rego, portavoz de la presidencia, por desvío de dinero; y el escándalo en el que estuvo salpicado su hijo Carlos Bolsonaro. Hechos que debilitan la imagen del mandatario en sus primeros 100 días de gobierno y a los que se suman la investigación a su otro hijo Flávio Bolsonaro, por movimientos bancarios irregulares y evasión fiscal.

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El presidente brasileño se propone ser contundente en la lucha contra el crimen organizado, delitos y corrupción, esto incluye cárcel obligatoria a quienes hayan sido condenados en segunda instancia, una mayor protección a policías, enfatizando en que las acciones violentas pueden ser por defensa propia y que todos los sospechosos de asesinato deben ser encarcelados.

Estas acciones podrían terminar en un hacinamiento en las cárceles y aunque para los abogados puede traducirse en más casos y más trabajo, para los ciudadanos es una pérdida y un golpe a sus derechos frente al gobierno.

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No van más de cuatro meses luego de que los mandatarios tomaron posesión de sus cargos y aunque Bolsonaro llegó pisando fuerte a su nueva administración en Brasil, ya para esta época camina sobre la cuerda floja, su nivel de popularidad bajó del 67 por ciento  al 51, si bien, no es un puntaje extremadamente bajo, entra dentro de las calificaciones que más han disminuido en la historia para un presidente que apenas lleva un trimestre de mandato y lo que le obstaculiza su idea de crear una coalición sostenible en el Congreso.

Por su parte, López Obrador bajó 11 puntos, sin embargo, continúa siendo el presidente con más aceptación en México con una aprobación del 78 por ciento. Contrario a lo que ocurrió con el anterior presidente de México, Enrique Peña Nieto del Partido Revolucionario Institucional (PRI)

La duda que queda es si la popularidad de Amlo se mantendrá, y si Bolsonaro seguirá con el respaldo de los brasileños.

Aún faltan varios años para que terminen los mandatos de los presidentes ¿estarán dispuestos los ciudadanos de sus países y estados vecinos en reconocer los aciertos y perdonar los errores dentro de sus mandatos o cada uno solo será una oleada breve del cambio, que otra vez, se buscó en América Latina?

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