Documento Especial: La Promoción de la Justicia en las Universidades de la Compañía

El documento pretende ser un instrumento de trabajo sobre el que apoyarse para responder más eficazmente a la promoción de la justicia en las universidades, mediante la consulta y lectura personal, así como su consideración y debate en claustros, equipos de trabajo, direcciones y consejos. Recoge orientaciones generales y prácticas concretas que las universidades de la Compañía están desarrollando en diversas partes del mundo, describiendo cuatro áreas: formación del alumnado; la investigación; la proyección social de la universidad como institución transformadora y la comunidad universitaria.

”En la educación jesuita, la profundidad del aprendizaje e imaginación acompañan, e integran, el rigor intelectual con la reflexión sobre la experiencia de la realidad, junto con la imaginación creativa, para trabajar por construir un mundo más humano, justo, sostenible y lleno de fe
Adolfo Nicolás sj, 2010

1. Introducción

Desde que la Compañía redefiniera su misión en el año 1975 como ”servicio de la fe y promoción de la justicia”, las instituciones universitarias jesuitas han llevado a cabo grandes esfuerzos por responder a esta misión de manera consecuente.

Incorporaron esta perspectiva en la formación del alumnado, la dieron a conocer entre el profesorado y el personal no docente, se involucraron en las cuestiones sociales de sus países, invitaron a sus alumnos a investigar desde la perspectiva y el contacto con los más pobres, alinearon sus proyectos universitarios con las demandas de esta misión. Una tarea que han realizado con enorme generosidad.

El 16 de noviembre de 1989, en la Universidad Centroamericana de El Salvador, los Padres Ignacio Ellacuría, Ignacio Martín-Baró, Segundo Montes, Juan Ramón Moreno, Amando López y Joaquín López, junto a dos mujeres que trabajaban en su comunidad, Elba Ramos y Celina Ramos, fueron asesinados por su compromiso con la paz durante la guerra que asolaba El Salvador.

El P. Ellacuría había querido convertir la universidad en una institución que defendiera a las mayorías pobres, un compromiso que aquellos hombres y mujeres pagaron con la vida. Las universidades de la Compañía tienen en ellos a sus propios mártires, debido a su compromiso por la ”justicia que brota de la fe”.

En la actualidad la diversidad de actividades con las que las universidades (1) están tratando de responder a esta misión es muy amplia. La sensibilidad varía dependiendo de los continentes y de los países, incluso de la tradición histórica de la propia universidad, de ahí que se hayan desarrollado áreas diferentes: algunas se han podido fijar más en la docencia, otras en la investigación, o en la divulgación, o en la proyección social.

La finalidad de este documento es ayudar a las universidades a continuar profundizando su compromiso por la justicia, mediante la consulta y lectura personal del documento, así como su consideración y debate en claustros, equipos de trabajo, direcciones y consejos.

Quiere estimular el deseo e impulsar la creatividad. Estas páginas pueden servir de acicate para seguir discerniendo e ideando contribuciones mayores. El documento pretende ser un instrumento de trabajo sobre el que apoyarse para responder más eficazmente a la promoción de la justicia en las universidades.

Con este propósito el documento recoge orientaciones generales y prácticas concretas que las universidades de la Compañía están desarrollando en diversas partes del mundo. La panorámica ofrecida desea ser amplia. Sin embargo, el elenco de las prácticas concretas no es completo ni exhaustivo, solo pretende mostrar algunas significativas y viables (2).

El campo de acción está dividido en cuatro áreas, que componen los cuatro capítulos del documento: la formación del alumnado; la investigación; la proyección social de la universidad como institución transformadora y la comunidad universitaria.

El presente texto está elaborado a partir de un primer borrador del Secretariado de Justicia Social y Ecología que fue experimentando numerosas adiciones y modificaciones, gracias a las aportaciones de jesuitas y colaboradores laicos trabajando en instituciones universitarias (3).

Estas aportaciones matizaron contenidos, añadieron aspectos importantes y suministraron información sobre prácticas especialmente significativas.

En el texto se incluyen frecuentes referencias a alocuciones del P. Kolvenbach, quien a lo largo de sus veinticinco años al frente de la Compañía se dirigió en numerosas ocasiones a los centros universitarios con visiones agudas, dada la profundidad de sus intuiciones y su procedencia del mundo universitario. Con muchas de estas alocuciones se ocupó de la promoción de la justicia.

De ahí la conveniencia de referirse a él, invitando también a una relectura de sus textos. También aparecen citas del P. Nicolás, si bien en menor medida, dado que no se ha dirigido a los centros universitarios en tantas ocasiones. Antes de profundizar en las cuatro áreas mencionadas, esta introducción se pregunta por la razón de ser de las universidades de la Compañía, repasa brevemente los contenidos de la justicia en las últimas Congregaciones Generales (4), menciona algunas características propias del estilo ignaciano y se detiene a considerar cómo la misión por la justicia ha implicado una reorientación en las instituciones universitarias.

1.1 La razón de ser de las universidades de la Compañía hoy

Los primeros jesuitas fundaron la Compañía de Jesús para preservar su unión como cuerpo en servicio de los prójimos (5). Esto les mantuvo atentos a las necesidades de las personas y dispuestos a ofrecer lo que más pudiera ayudar, adaptándose según lugares, personas y tiempos. Fundar colegios e instituciones de educación formal no figuraba entre sus objetivos iniciales, sino que esta fue una decisión segunda y derivada de su deseo primario de un mejor servicio a las personas, pero fue una decisión que pronto tomaron. Entendieron primero y comprobaron después que ofrecer educación era uno de los mejores modos en que podían servir a las gentes y sociedades de su época.

La Compañía fue la primera orden religiosa católica que procuró educación formal como ministerio prioritario, mucho antes de que los estados asumieran este compromiso en respuesta al reconocimiento del derecho a la educación. El servicio educativo que procuraban era vital, ya que respondían a una necesidad no cubierta por otros. Su dedicación fue tal que podría decirse que se convirtieron en una “orden de enseñanza”. Antes de la supresión de la Compañía en 1773, esta contaba con una red de más de 800 instituciones educativas repartidas por todo el mundo (O’Malley, 1995, 33).

Hoy la situación ha cambiado notablemente. Hablando solo del ámbito universitario al que nos referimos, existen numerosas instituciones universitarias públicas y privadas en la práctica totalidad de los países, muchas de ellas de elevada calidad. El vacío que existía en el pasado, en cantidad y calidad, y que la Compañía hacía por cubrir, ya no es tal. Es por ello necesario preguntarse de nuevo por la razón de ser de una universidad jesuita en la actualidad (6).

Las universidades de la Compañía son instituciones eclesiales que responden a la misión de la Iglesia de ”anunciar el reino de Cristo y de Dios e instaurarlo en todos los pueblos”. La Iglesia ”constituye en la tierra el germen y el principio de ese reino” (Lumen Gentium, 5). En particular las universidades establecen puentes de diálogo entre la fe y las culturas en las que viven y colaboran con su creatividad y generosidad con la acción de Dios sobre el mundo.

Ellas pueden ayudar a ”buscar, encontrar y expresar la verdad en la «economía» de la caridad” y a su vez contribuir a ”entender, valorar y practicar la caridad a la luz de la verdad” (Benedicto XVI, 2009, 2).

A su vez, estas instituciones de la Compañía son, en cuanto universidad, lugares de serena y abierta investigación y discusión de la verdad. Como dirá San Juan Pablo II, ”es un honor y una responsabilidad de la Universidad Católica consagrarse sin reservas a la causa de la verdad” (1990, 4). Tienen los objetivos propios de toda institución de educación superior. En cuanto obras de la Compañía de carácter jesuita, participan en la identidad y misión fundamentales de la Compañía. Es necesario que tanto el sustantivo ”universidad”, como el adjetivo ”jesuítica”, sean en todo momento respetados en estas instituciones (7).

En este contexto de misión eclesial y de un modo general, podemos señalar que la Compañía debe discernir qué tipo de sociedad es conveniente y, consecuentemente, qué tipo de universidad es precisa. Esta es una pregunta central en el discernimiento de la misión y que las universidades deben plantearse constantemente. De hecho, desde sus inicios estas instituciones han procurado formar integralmente personas que pudieran liderar el proceso de crecimiento y modernización de las ciudades y naciones en las que se encontraban. Formaban personas para una sociedad mejor.

De un modo específico, ya desde el s. XVI la educación de la Compañía ha estado motivada por cuatro razones que caracterizan el que hoy se conoce como paradigma educativo Ledesma Kolvenbach (8). Se trata de los motivos de utilitas, iustitia, humanitas y fides.

La utilitas proporciona a las personas ”ventajas para la vida práctica”. En el s. XVI era clara la necesidad y utilidad de la educación para el buen desempeño de ciertas profesiones. Hoy en día, la educación de calidad es imprescindible para que las personas sean útiles y productivas y para que su trabajo les provea de lo necesario para una vida digna.

La educación universitaria habitual suele limitarse a esta motivación de utilidad, proporcionando las herramientas intelectuales para un desempeño profesional distinguido.

El riesgo reside en que un sentido meramente utilitario de la educación conduzca al desprecio o a la subordinación de los valores precisos para la construcción de una sociedad justa. A las universidades jesuitas no les basta únicamente con transmitir una racionalidad instrumental.

Cuando esto sucede de forma exclusiva, la educación deriva fácilmente hacia la injusticia y la exclusión, pues acumula saberes, haberes y poderes para los mejor situados, que a su vez son contratados por los que más tienen, para defender sus intereses. De ahí que se requieran en esta educación las otras tres motivaciones indicadas, que la Compañía ha tratado de incorporar tanto ayer como hoy.

Mediante la iustitia, un principio en favor del bien común, se pretendía que los estudiantes pudieran contribuir al ”recto gobierno de los asuntos públicos y a la apropiada formulación de las leyes”. Cuando la Compañía comenzaba su andadura educativa, los estados estaban gobernados por monarquías que requerían una burocracia competente. En la actualidad las democracias precisan una ciudadanía con formación para la responsabilidad pública, con capacidades para la participación, que promueva la igualdad de oportunidades y opte voluntariamente por una acción pública comprometida con el bien común.

La humanitas aspira a dotar de ”decoro, esplendor y perfección a nuestra naturaleza racional”, buscando la elevación del ser humano. Busca que la persona florezca promoviendo en ella valores profundamente humanos como la compasión, la modestia, la templanza, la sabiduría, la fortaleza…, trabaje por una vida mejor para todos los seres humanos y favorezca el bienestar de otros seres vivos y del planeta en su conjunto. Hoy comprendemos que esta motivación tiene por tanto un horizonte de integralidad para la persona humana y de universalidad en relación al conjunto de la humanidad. En un mundo en el que una importante parte de las personas son excluidas debido a su casta, raza, género u origen étnico, el humanismo reconoce la igual dignidad de todo ser humano. Por este motivo activa instrumentos y medios que procuren la dignidad y desarrollo humano de todas las personas.

La fides consistía en la ”defensa y propagación de la fe” en una época en la que la dimensión religiosa del ser humano no se ponía en duda y era objeto de atención en los distintos ámbitos de la vida, también en el educativo. Actualmente esta motivación lleva a ofrecer a los estudiantes una experiencia de trascendencia, con la posibilidad de abrirse hacia Dios como fin último. La fe propuesta debe ser la fe del amor al prójimo que rechaza la religión como herramienta de negación, exclusión y discriminación de los diferentes. A su vez, deberá dar motivos de esperanza a los más pobres.

El presente texto se ocupa de manera particular de la iustitia, refiriéndose solo ocasionalmente a las otras motivaciones. A continuación se profundiza en el significado actual de la justicia en la Compañía, repasando algunos contenidos de las recientes Congregaciones Generales.

1.2 La justicia en las Congregaciones Generales de la Compañía

La Congregación General 32 (CG 32), allá por el año 1975, en su decreto 4, introdujo la promoción de la justicia como una exigencia de nuestra misión: ”la misión de la Compañía de Jesús hoy es el servicio de la fe, del que la promoción de la justicia constituye una exigencia absoluta” (CG 32, d. 4, n. 2). Servicio de la fe y promoción de la justicia quedan desde entonces consagrados como dos aspectos o dimensiones de la misión que deben hacerse presentes en la diversidad de ministerios de la Compañía.

Este decreto 4 estaba cuidadosamente elaborado, pero era largo y novedoso, por lo que su comprensión y recepción no fueron sencillas. De una parte, se insertaba en una larga tradición de compromiso social, que puede encontrarse en la Compañía desde sus inicios. Este compromiso se había intensificado a partir de 1949, cuando el entonces P. General Janssens escribió una carta histórica a toda la Compañía instándola a promover el apostolado social (9).

También el entonces reciente Sínodo de los Obispos de 1971 sobre la ”justicia en el mundo” había presentado la acción en favor de la justicia como una ”dimensión constitutiva de la predicación del Evangelio”. La lucha por la justicia y la transformación del mundo eran ya un empeño presente en la Iglesia y la Compañía con anterioridad a este decreto 4.

Pero de otra parte, no todos los jesuitas estaban convencidos de que la Compañía debía asumir este compromiso. Algunos pensaban que esta cuestión había sido siempre responsabilidad del laicado y debía continuar así. Además, la palabra justicia resultaba ambigua a oídos de muchos, pues podía referirse a la justicia conmutativa, a la social, a la evangélica, a la paulina...
El P. Kolvenbach señala que fue precisamente esta ambigüedad lingüística la que permitió aprobar el término (10).

Este decreto también ayudó a comprender que la opción por los pobres debía ocupar un lugar central en la misión, lo cual impulsó a los jesuitas y sus instituciones al acompañamiento y servicio a los pobres.

En el tiempo que siguió a la CG 32 la justicia se comprendió principalmente como el trabajo por la transformación de las estructuras económicas, políticas y sociales. Esto quedaba recogido por el decreto 4 (n. 31), pero constituía una lectura reductiva del texto. El documento también señalaba que la injusticia estaba incrustada en el corazón del ser humano, por lo que había que trabajar en la transformación de las actitudes y tendencias sociales (n. 32) e incluía la llamada a cambiar la vida y el quehacer de los jesuitas y sus instituciones desde la consideración de los pobres (n. 47-50). Como puede verse, los contenidos de la justicia en el decreto eran ricos y complejos. Además, su novedad exigía un cambio de mentalidad y una adaptación de la vida personal, comunitaria y apostólica, que hizo surgir muchas resistencias.

Las siguientes Congregaciones Generales se vieron en la necesidad de considerar nuevamente esta opción por la justicia, confirmándola y profundizando en ella. La CG 33 en 1983 confirmó esta opción en su decreto 1 (n. 38). Más extensa, la CG 34, que tuvo lugar en el año 1995, llevó a cabo una relectura de la misión en sus decretos 2-5, dedicando enteramente a la promoción de la justicia el d. 3, ”Nuestra misión y la justicia”. No es posible presentar en su totalidad los contenidos de esos decretos, pero sí llamar la atención sobre algunas de sus novedades.

La CG 33 llamaba a ”una mayor inserción en la vida cotidiana de los hombres, de tal manera que ‘los gozos y esperanzas, las tristezas y angustias de los hombres de hoy, especialmente de los pobres y afligidos’” sean escuchadas (d. 1, n. 41). Insertarse conlleva amistad. La amistad surge con naturalidad de una comunidad cercana a los pobres. Esta era una llamada a insertarnos en la vida de los pobres por medio de la amistad.

La recepción del decreto 4 también dio lugar en muchos lugares a un dualismo que tomaba por separado la fe y la justicia, dividiendo a su vez a los propios jesuitas y sus instituciones (11).

De ahí que uno de los elementos que las Congregaciones posteriores han subrayado más ha sido el vínculo que une el servicio de la fe y la promoción de la justicia. Se ha hablado del ”binomio fe-justicia”, de ”la fe que obra la justicia” o de ”la justicia que brota de la fe”, expresiones todas ellas que tratan de resaltar la unidad dinámica de estos dos aspectos de la misión. Esto significa que la justicia a la que se refieren es una justicia enraizada en el Evangelio y vivida dentro de una tradición, la ignaciana.

La CG 34 evidenció la necesidad de modificar las estructuras socio-culturales la cultura, puede decirse, pues son ellas las que procuran la base a las estructuras políticas y económicas (CG 34, d. 3, n. 10). También subrayó la unidad de la misión, en la que se entrelazan sin poderse separar el servicio de la fe, la promoción de la justicia, el diálogo con la cultura y el diálogo con otras tradiciones religiosas (d. 2, n. 19).

Tuvo especial interés por recoger las fuentes espirituales de la promoción de la justicia, situándolas principalmente en el compartir la vida con los más pobres y con aquellos que trabajan por ellos (d. 3, n. 1), reforzando de este modo la centralidad de la opción por los pobres. Señaló las comunidades como un instrumento esencial para promover la solidaridad en la cultura, llamando ”comunidades de solidaridad” a los grupos que así lo hacen (d. 3, n. 10). Como puede apreciarse, mencionó numerosas veces la palabra solidaridad término que había sido infrecuente en el decreto 4 de la CG 32, poniendo de relieve la importancia de la compasión y el servicio cercano a los más necesitados.

En el año 2008 la CG 35 confirmó una vez más la misión expresada en la CG 32 (CG 35, d. 3, n. 2) y reflexionó sobre ella a partir del concepto teológico de reconciliación. Lo llevó a cabo en su decreto 3, donde señala que esta reconciliación debe establecerse con Dios, con nuestros hermanos y con la creación. De este modo introdujo la preocupación por la ecología como parte de la misión. Hoy la promoción de la justicia incluye el compromiso de cuidar la creación.

Esta Congregación evidencia que la justicia puede comprenderse dentro de un marco de relaciones de alianza, que conlleva compromisos más allá de las relaciones contractuales, moviendo a defender al excluido, a situarse junto al marginado y a desafiar las estructuras sociales injustas.

La CG 35 también destacaba la necesidad de estar en las fronteras sociales, culturales y religiosas y de tender en ellas puentes de comprensión y de diálogo (d. 1, n. 6). En esta misma línea llamaba a tender puentes entre ricos y pobres, estableciendo vínculos en el terreno de la incidencia política para la colaboración entre aquellos que detentan el poder político y aquellos que encuentran dificultad en hacer oír sus intereses (d. 3, n. 28). Decía que la tarea investigadora proporciona una ayuda inestimable para establecer estos puentes, pues ayuda a entender los mecanismos e interconexiones de los problemas actuales.

Como puede verse en esta breve presentación, no puede encontrarse en las Congregaciones Generales una definición normativa de la justicia, pero sí algunas características esenciales de la misma a las que nos hemos referido. Ha quedado definitivamente enraizada en la fe, considera central la opción por los pobres, incorpora una preocupación por el conjunto de la creación y trabaja en diálogo con las culturas y las religiones. La promoción de la justicia apunta a un conjunto articulado de dimensiones de nuestra misión.

1.3 Algunas características derivadas del estilo ignaciano

Las universidades de la Compañía tratan de promover la justicia en el medio universitario dentro de la tradición ignaciana. Esta comporta una serie de características, algunas de las cuales conviene mencionar al comienzo de este texto, sin pretender llevar a cabo un desarrollo completo de la cuestión (12). En algunos casos estas características deberían ser objeto de una formación específica a nivel local, pues su conocimiento es muy diverso. Algunos de los contenidos de esta temática pueden encontrarse en la pedagogía ignaciana, que se articula en torno a cinco elementos: contexto, experiencia, implicación reflexiva, acción y evaluación.

Aquí se estructura de un modo ligeramente diverso.

La prioridad de la experiencia de lo real. Ignacio tiene la convicción de que Dios se comunica directamente al ser humano y este lo puede escuchar si prepara su propia persona. Esto sucede de manera especial con ocasión de la vida y sus acontecimientos. Dios se expresa en toda la realidad y se encuentra con el ser humano en esa realidad, generando en su interior un eco, principalmente afectivo en forma de sentimientos que Ignacio llama mociones de consolación y desolación, que necesita ser acogido, reconocido y descifrado. Estamos llamados a buscar y encontrar a Dios en todas las cosas (13).

Para Ignacio, Dios se expresa como amor y, así vivido, provoca en el ser humano la alabanza y un profundo sentimiento de agradecimiento. Esa apertura a la bondad presente en la complejidad de lo real, suscita una respuesta agradecida. El agradecimiento es la gran motivación vital en la espiritualidad ignaciana.

De esta prioridad de la experiencia va a surgir una apertura a la verdad de lo real. Ante esa realidad es necesaria una actitud abierta y no la pautada por estereotipos. En lo real tiene lugar el encuentro con el misterio de Dios. A su vez, los otros son vistos como lugares donde también sucede esa comunicación de Dios. De ahí la importancia de escuchar atentamente a los demás y de establecer con ellos puentes sinceros de diálogo.

Existe también en la espiritualidad ignaciana una centralidad del pobre, porque Dios se ha vaciado de sí para poderse encontrar con nosotros y se ha encarnado en Jesús, pobre y humilde. Las fronteras de la pobreza, la marginación, la injusticia, la inhumanidad, son espacios privilegiados donde encontrarse con Dios y profundizar en el misterio de la realidad.
Mirar la realidad desde abajo, desde los pobres, desde sus sufrimientos, luchas y esperanzas es un modo preferible de acceso a la verdad.

La importancia de las perspectivas críticas y proféticas. Si bien existe una actitud primera de alabanza por la realidad y de agradecimiento por la misma, una segunda actitud es de crítica, al ver la distancia entre el horizonte de justicia y dignidad para todos al que Dios nos invita y la realidad histórica concreta alejada de él. Por ello, el agradecimiento no es complaciente, sino comprometido con un futuro de vida plena al que el ser humano está llamado a contribuir.

De aquí surge la perspectiva crítica o profética, como podría decirse en un lenguaje cristiano.

Búsqueda de conocimiento interno. Ignacio insiste en sus Ejercicios Espirituales en la importancia de pedir y alcanzar un conocimiento interno del pecado (n. 63), de la persona de Jesús (n. 104) y de tantos bienes como recibimos en la vida (n. 233). Este conocimiento interno es honesto con la realidad y trata de desentrañarla, como se hace en la investigación.
En tal sentido es riguroso. Pero va más allá, no se detiene en la analítica, sino que aspira a la síntesis.

Es un conocimiento integrador, no compartimentado. No es un conocimiento frío, sino afectivo, movilizador. Es crítico, porque percibe los límites de la realidad presente, que está llamada a un futuro que la llevará a su plenitud. Esto va a llevar a la prioridad de la sabiduría como se ha dicho, rigurosa, sintética, integradora, afectiva, movilizadora sobre el mero agregado de datos (14).

Para ayudar a la sociedad y a las personas. En la espiritualidad ignaciana, la motivación de su actividad reside en el agradecimiento, como se ha dicho, pero su objeto consiste en ayudar a los demás. Esa fue la vida de Ignacio desde su conversión. Quería ayudar a las personas, compartiendo con ellas aquello que había recibido.

Aplicado esto al ámbito del conocimiento, este no puede detenerse en sí mismo, sino que quiere tener un impacto en la sociedad y en las personas. Por este motivo se hablará más adelante de la importancia de abrir caminos de acción, incidir sobre la realidad y proponer recomendaciones.

Aspiración a bienes mayores. En la espiritualidad ignaciana no basta con conseguir un bien, se busca el mayor bien, el más universal, o aquel bien que otros no pueden ofrecer. De ahí se derivan los horizontes globales y las grandes empresas. Este es el contexto en el que se comprende adecuadamente la excelencia, como la búsqueda del mejor servicio y la oferta de lo mejor de la propia persona.

Por último, la espiritualidad ignaciana trata de vivir en medio de las tensiones de la vida sin romperlas y por ese motivo en ella es tan necesario el discernimiento. Las tensiones no se resuelven cortando la cuerda que las mantiene unidas y optando por uno de los polos, sino integrando los extremos para dar lugar a nuevas síntesis más fecundas.

La universidad jesuita va a vivir con particular intensidad algunas de estas tensiones: entre la misión universitaria y la jesuita; la financiación condicionada y la defensa de unos valores esenciales, pero no siempre apreciados; la analítica de los conocimientos científicos y las visiones sabias, proféticas y sintéticas; la investigación científica y el descubrimiento en la realidad del Dios de la vida; la centralidad del pobre y los medios que la universidad necesita, pero que le pueden separar de aquel; la búsqueda de la verdad científica que se detiene en el conocimiento y el deseo de impactar en la sociedad para hacerla más justa y más humana; la libertad de cátedra y la orientación apasionada por la justicia; la visibilidad jesuita y el fomento de una pluralidad ideológica y religiosa en un clima de diálogo.

Estos y otros rasgos de la espiritualidad ignaciana, descritos aquí muy sucintamente, se ponen en juego en una universidad de la Compañía que de un modo honesto y consecuente busca la promoción de la justicia.

1.4 La necesaria orientación de las universidades jesuitas hacia la justicia

La Congregación General 32 demandó la reevaluación de las tareas apostólicas tradicionales, así como de las propias instituciones, con el fin de que respondieran a la nueva misión de ”servicio de la fe y promoción de la justicia” (d. 4, n. 8). Deseaba ofrecer una ”respuesta concreta, radical y adecuada a un mundo que sufría injustamente” (Kolvenbach, 2000b, 298).

Por este motivo, desde el año 1975, la Compañía ha ido modificando sus presencias a fin de responder a esta misión Todos los sectores apostólicos (15) han ido esforzándose en promover la justicia, según la diversidad de contextos en los que se desenvuelven. Hoy la Compañía comprende mejor que todos personas, comunidades e instituciones tienen una riqueza propia que aportar a esta misión. Asimismo, los distintos sectores apostólicos cuentan con una variedad de capacidades necesarias para la promoción de la justicia.

Tal vez sean los sectores educativo que incluye educación primaria y secundaria y universitario aquellos de los que más se puede esperar, siendo también los que disponen de una mayor cantidad de jesuitas y de recursos de la Compañía. El P. Kolvenbach insistía en la particular fecundidad que esta misión podía experimentar al combinarla con la educación (Kolvenbach, 1985, 372). Las universidades en particular disponen de una gran potencialidad para impulsar esta misión. Como decía el anterior P. General, ”no se puede prescindir de las universidades para responder a los desafíos de la injusticia” (Kolvenbach, 2006, 345).

De ahí que la misión y visión de una universidad deban incluir la promoción de la justicia, como expresión y servicio de la fe, modo de cuidar la creación, contenido del diálogo con otras religiones y motivación para la transformación de la cultura. Cuando las universidades de la Compañía se esfuerzan en hacer de la promoción de la justicia así entendida un rasgo característico de su identidad, pueden ayudar a la propia Iglesia a transmitir su condición solidaria y compasiva y a hacer su mensaje más creíble para los no creyentes.

La tarea propiamente universitaria es un campo privilegiado para la promoción de la justicia en el largo plazo: su educación formativa tiene un importante influjo en lo que los estudiantes hombres y mujeres llegan a ser; la investigación que realiza posee la capacidad de desentrañar las causas estructurales que dan lugar a la injusticia y de sugerir propuestas que generen mejoras significativas para las personas desfavorecidas, pudiendo incluso ejercer la denuncia; la propia institución universitaria como tal se desenvuelve en un entorno de relaciones sociales donde su propia cultura interna y el modo de enfrentar la realidad tienen un fuerte influjo.

1.5 Cuestiones para la reflexión y el debate

Instituciones llamadas a ser instrumentos de justicia:

1. ¿Nuestra universidad ha respondido a esta llamada? ¿Se ha orientado –o reestructurado para responder a las condiciones y retos de la justicia propios de nuestra sociedad local, nacional y global? ¿Hemos logrado articular una visión del tipo de sociedad que deseamos construir?

2. ¿En qué medida hemos conseguido evidenciar la dimensión de fe que fundamenta y modela nuestra respuesta a la injusticia? ¿Dónde puede verse este compromiso con una ”fe que obra la justicia”?

3. ¿Podemos identificar en nuestra universidad algunos ámbitos en los que estamos contribuyendo a la transformación de estructuras injustas, sean estas sociales, económicas, políticas o culturales?

4. ¿Dónde estamos en contacto con comunidades pobres y marginadas? ¿Están incorporadas a nuestra comunidad universitaria, nuestra investigación y servicios?

5. ¿Se promueve y utiliza la pedagogía ignaciana en nuestras clases y programas? ¿Podríamos mejorar nuestra pedagogía si prestáramos mayor atención a ella?

Notas:

1 Cuando hablamos de universidades en este documento nos estamos refiriendo en general a las instituciones de enseñanza superior.
2 Para el caso de las prácticas de las universidades norteamericanas, existen dos documentos particularmente valiosos: Transforming ourselves, transforming the world (Combs & Ruggiano, 2013) y los informes institucionales de las universidades sobre su trabajo por la justicia (National, 2013). No es posible introducir en este texto la riqueza de estos documentos, pero se hace mención a algunas de las iniciativas que allí aparecen.
3 Sus nombres aparecen en la sección de Agradecimientos.
4 La Congregación General es el máximo órgano legislativo de la Compañía. Reúne jesuitas procedentes de todas las unidades administrativas o provincias para el nombramiento de un nuevo P. General, o para tratar asuntos de particular relevancia. Suele generar documentos llamados decretos que recogen las decisiones tomadas y ofrecen orientaciones para el conjunto de la Compañía. Hasta la fecha año 2014 se han celebrado 35 de estas Congregaciones Generales.
5 Propiamente, la expresión de S. Ignacio es “ayudar las ánimas”, tal como recoge en su Autobiografía (n.45).
6 Esta es una pregunta que el P. Kolvenbach ha tratado de responder (2001a, 313ss). Los siguientes párrafos se apoyan básicamente en aquel texto.
7 CG 34, d. 17, nn. 5-7.
8 Es Diego de Ledesma quien introduce en el s. XVI estas cuatro características que en las últimas décadas han sido difundidas por el P. Kolvenbach. Para mayor información puede consultarse Kolvenbach, 2001a, 314.
9 P. Jansens, 1949, Instrucción sobre el apostolado social, en Promotio Iustitiae 66, 1997. El apostolado social reúne a aquellos jesuitas e instituciones de la Compañía que de un modo prioritario tienen encomendada la tarea de promover la justicia.
10 Este párrafo y el anterior están basados en Kolvenbach, 2007, 9-18.
11 Esto a pesar de que el decreto era sumamente cuidadoso con esta cuestión e integraba las dos realidades, como puede apreciarse en d. 4, n. 27. La dificultad, como se ha dicho, estaba en la recepción.
12 Obviamente existen textos mucho más desarrollados. Uno reciente, muy bien elaborado y preparado para el contexto universitario se puede encontrar en Rambla, Josep María, 2013, Rasgos distintivos de la espiritualidad ignaciana desde la perspectiva de la justicia social, en http://goo.gl/NHddRf, visitada en mayo 2014.
13 Constituciones de la Compañía de Jesús, n. 288.
14 En esta línea se expresa Brackley (2013, 3-4). Allí hablará de una inteligencia sentiente, alimentada por la imaginación, entrelazada con el interés y la voluntad, compartida con una cultura.
15 Un “sector apostólico” es un área de actividad de la Compañía de Jesús, que entiende que todas sus tareas e instituciones son apostólicas. Un sector apostólico es el universitario, pero existen otros, como el educativo, el espiritual, el social…

Fuente:
  • Para leer el documento completo: o consulto BIBLIOTECA/DOCUMENTOS de esta página web.

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