500 años de la reforma protestante: la reviravolta histórica del Papa Francisco

El pasado 31 de octubre, Francisco visitó la ciudad sueca de Lund para participar junto con varios representantes de la Iglesia Luterana, en una ceremonia conmemorativa de los 500 años de la Reforma. Un evento ecuménico, como mínimo excepcional, si consideramos la historia europea de los últimos cinco siglos. Particularmente los conflictos, pero también los intentos de unión fracasados a lo largo de la historia del cristianismo europeo.

Antes del Concilio Vaticano II, para los católicos la figura de Lutero era negativa (salvo raras excepciones entre algunos teólogos católicos). Después del Concilio las cosas cambiaron. El camino ecuménico hizo grandes progresos y la etapa de Lund realmente puede marcar una transformación positiva para las iglesias cristianas.

Para entender las implicaciones históricas de este extraordinario evento, entrevistamos al historiador del cristianismo y pastor valdense Paolo Ricca, uno de los protagonistas del camino ecuménico.

La entrevista:

Profesor Ricca, la próxima semana el Papa Francisco se va a dirigir a la ciudad de Lund, histórica para la Iglesia Luterana, con el ánimo de participar en el inicio de las celebraciones de los 500 años de la Reforma Luterana. Un hecho histórico que puede aproximar cada vez más a católicos y luteranos. ¿Cuál es su opinión al respecto?

Para mi es un hecho histórico de gran importancia por varios motivos. Por exigencias de brevedad mencionare apenas dos. El primero es obvio: la presencia del Papa en Lund es una novedad absoluta. Es la primera vez en la historia que un Papa participa públicamente de la celebración de la Reforma, que fue condenada por Roma como herética y juzgada por más de cuatro siglos, hasta el Concilio Vaticano II (1962- 1965), como un elemento desorientador de la verdad cristiana. La presencia del Papa en Lund modifica profundamente ese veredicto negativo e implica un juicio positivo: la Reforma fue, en su conjunto, un bien.

El segundo motivo es que el Papa al visitar Lund, continúa el proceso de descentralización en relación a Roma, que ya había sido iniciado por él mismo hace algún tiempo, por ejemplo, yendo a África para inaugurar el Jubileo Extraordinario de la Misericordia. La unidad cristiana, de acuerdo con este Papa, se construye “caminando juntos”, pero ese camino común no lleva necesariamente a Roma. No hay duda de que el viaje del Papa a Lund contribuye a acercar a católicos y luteranos, sin embargo, no en el sentido de traerlos a todos de vuelta al redil romano.

Ciertamente, en la base de ese gesto del Papa Bergoglio, un Papa muy atento a la gestualidad, hay un cambio de actitud de los católicos en relación a la figura de Lutero. Tanto que el Papa recientemente hizo una declaración muy significativa: Lutero fue “un remedio” para la Iglesia Católica. ¿Usted cómo interpreta esa afirmación?

El juicio de los católicos a Lutero cambió mucho en estas últimas décadas. Al decir que Lutero fue “un remedio” para la Iglesia Católica, el Papa dice una verdad indudable, aunque sea necesario aclarar que la Iglesia Católica, en alternativa a la Reforma de Lutero, implementó con el Concilio de Trento (1545-1563) una reforma propia y al mismo tiempo una contrarreforma, justamente para no tomar el “remedio” propuesto
por Lutero. Sin embargo es cierto que aunque indirectamente, el “remedio Lutero” también benefició y mucho, a la Iglesia Católica.

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“Del conflicto a la comunión” es el título de un importante documento luterano-católico redactado por la Comisión Luterano- Católica para la Unidad, en dónde se aclara el paradigma del camino hecho desde los años 1980 hasta hoy. Se reconoce que “somos culpables ante Cristo por haber roto la unidad de la Iglesia”. El documento también afirma que el Jubileo nos presenta dos desafíos: la purificación y la cura de las memorias, y la restauración de la unidad de los Cristianos de acuerdo con la verdad del Evangelio de Jesucristo (cf, Ef 4, 4-6). Aunque todavía no estemos en unidad plena, lo que nos une es mucho más que lo que nos divide. Le pregunto: ¿después del consenso alcanzado acerca de la doctrina sobre la justificación por la fe, qué falta para sellar la plena comunión?

Faltan dos cosas. La primera es el reconocimiento de las Iglesias evangélicas como Iglesias de Jesucristo y no como “comunidades eclesiales” (como está en el Concilio Vaticano II), que no se sabe bien lo que significa (o somos Iglesia o no somos), y en todo caso, es una definición en la cual las Iglesias evangélicas no pueden reconocerse. Sin este reconocimiento, la comunión no es posible.

Lo segundo que hace falta es una plataforma doctrinal común, formulada en conjunto, en la cual se diga cuál es la “esencia cristiana” que todos deben compartir para que exista comunión de fe y cuales son por el contrario, las doctrinas, las elecciones éticas y prácticas de piedad sobre las cuales podemos tener opiniones diferentes, sin que esto impida la comunión. En cuanto a la “purificación y la cura de las memorias” se trata de una operación necesaria pero delicada: requiere prudencia, paciencia, inteligencia espiritual y sentido de historia.

Volvamos a Martín Lutero. Usted es un insigne historiador del cristianismo, alumno de Oscar Cullmann (uno de los teólogos más importantes del siglo XX). ¿Cómo ha cambiado la historiografía católica y protestante sobre el reformador alemán? ¿Cuál es el punto común alcanzado sobre Lutero?

La historiografía católica sobre Lutero, como ya dije, cambió mucho. Hasta comienzos del siglo XX, Lutero era un “monje imposible” (así lo llamaba Nietzsche) o rebelde, o loco, también excesivo, absurdo, desorientador, quien obedecía diversos impulsos pero no la exigencia de una fe. Después, los historiadores católicos comenzaron a reconocer en él una auténtica búsqueda religiosa. Después, se admitió que, por lo menos sobre algunas cuestiones, Lutero fue como dijo el cardenal Willebrands en los años 1980 “nuestro maestro común”. Hoy en día la meta alcanzada juntos es la de considerar a Lutero como un verdadero reformador de la Iglesia cristiana.

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Desde su punto de vista valdense, ¿qué perspectiva ve para el camino ecuménico?

Las perspectivas para el camino ecuménico son buenas en el sentido en que cuando en cualquier Iglesia se explica lo que es ecumenismo y lo que se quiere alcanzar, éste es bien aceptado y en ocasiones se recibe con entusiasmo. El ecumenismo parece ser, para todos los que lo conocen y entienden, una bella perspectiva o mejor, una elección necesaria: hoy en día no podemos ser cristianos sin ser ecuménicos. El ecumenismo está inscrito en el futuro de toda la cristiandad. Su futuro solo puede ser ecuménico.

Sin embargo, infelizmente, es necesario reconocer que todavía el ecumenismo es un hecho ampliamente minoritario en todas las Iglesias. Hoy en día están en curso muchos diálogos entre las Iglesias, pero éstas todavía piensan y actúan en el sentido del monólogo, como si cada una de ellas fuera la única Iglesia existente. Eso se percibe, entre otras cosas, en el hecho de que muchas Iglesias no practican entre sí la hospitalidad eucarística, es decir, cada una celebra por sí misma la Cena del Señor sin hospedar ni acoger a los cristianos de otras Iglesias. Por lo tanto, la situación ecuménica de la cristiandad todavía es bastante contradictoria. Por otro lado, el cristianismo es la única gran religión del mundo en la cual existe un movimiento ecuménico. No solo eso, sino que hoy en día, parece crecer el consenso entre las Iglesias al concebir como “diversidad reconciliada” la unidad cristiana que ellas intentan manifestar.

¿Qué significa para usted celebrar los 500 años de la Reforma en una época de globalización?

La reforma en el siglo XVI fue un evento global que tiene que ver no sólo con Alemania, sino con toda Europa. Para mi, celebrar los 500 años de la reforma es principalmente, un acto de gratitud a Dios por haberla suscitado. En segundo lugar, es una admisión de responsabilidad. La responsabilidad es la de revivir en nuestro tiempo la herencia que la reforma nos dejó, la cual yo resumiría así: anunciar la realidad de Dios como gracia y libertad.

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